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El desafío de cambiar

La ciencia sin humanismo es ciega, el humanismo sin ciencia es demagogia

Fernando Araya


Se ha convertido en un lugar común decir que la educación y la cultura constituyen variables relevantes del crecimiento económico y social, pero pasar del concepto a su concreción exige un cambio nada despreciable en el ámbito mental. Los años pueden transcurrir envueltos en bellas palabras y, no obstante, las realidades permanecer inertes, sumidas en el letargo del emocionalismo, la retórica, la mitomanía y la demagogia.

Puede esgrimirse la más brillante de las ideas o el más luminoso giro del lenguaje, pero, si faltan los conocimientos, valores, habilidades, destrezas y actitudes pertinentes o, peor aún, si falla la voluntad y no hay compromiso ni valentía, la ilustración verbal se convierte en canto de sirena y humo que el viento se lleva. El bienestar y la justicia no son metáforas en un poema, sino combinaciones precisas de factores sociales y económicos y materializaciones, también precisas, de valores y principios inconfundibles como el amor al trabajo, la competitividad, el orden, la honestidad, el espíritu emprendedor y la solidaridad. Las ideas brillantes son importantes, pero más lo es la persona brillante por su capacidad de ejecutarlas o de producirlas en la experiencia. Si los sistemas educativos y culturales transmitieran capacidades emprendedoras como la creatividad y la innovación, la sociedad costarricense lograría cuotas mucho más altas de felicidad para cada persona, subrayo "persona",porque la felicidad del colectivo es un invento de dictadores.

Giros ascendentes. Llegará un día, pronóstico de profetas y visionarios, deseo del corazón de cualquier ser humano, cuando "el más pobre pescador reme con remos de oro", entretanto nosotros, intermediarios y hacedores de sueños, bien podemos contribuir para que, en nuestra vida y por nuestro medio, nazcan nuevas y mejores realidades. De esto trata la política, la cultura, la educación, la economía.de evolucionar en giros ascendentes del carácter, el temperamento, los saberes y los valores.

Lograr lo anterior no es fácil, pero tampoco imposible, se requiere potenciar al máximo las variaciones individuales de las personas que son, precisamente, las que permiten construir "nuevas formas de perfección.", pensar "mejor que el medio." y "sobreponer ideales" propios "a las rutinas." (José Ingenieros, El hombre mediocre). El desafío de cambiar equivale a lograr mayores cuotas de libertad, autonomía y autocontrol, ser menos sombras imitativas de los mitos sociales y más, mucho más, constructores efectivos del bien.

Educación y cultura. ¿Cómo avanzar en la dirección señalada? Con educación y cultura. No, por supuesto, con cualquier tipo de educación y cultura, pero sí con uno que privilegie el pensamiento crítico, la creatividad, los sistemas de educación técnica y vocacional, el aprendizaje científico tecnológico y las destrezas para resolver problemas, trabajar en equipo y ejercer liderazgos; lo que supone aprender a interiorizar la incertidumbre y el riesgo como rasgos estructurales de la condición humana, que solo pueden abordarse a través del compromiso y la valentía. Una educación y cultura así concebidas no pueden construirse de espaldas o en contra de los sistemas productivos y de producción de valores, tanto económicos como no económicos; se necesitan, al unísono, vínculos estrechos entre contenidos forma- tivos, educación de la voluntad y requerimientos de los sistemas productivos y de ciencia y tecnología. Si avanzáramos un milésimo en este camino, se desmontarían muchas inercias y desaparecerían muchos miedos.

Suponer que lo anterior no es humanismo revela un grado superlativo de simplismo. La ciencia sin humanismo es ciega, pero el humanismo sin ciencia es demagogia. Debe dejarse el falso dualismo humanismo-ciencia, que aún se predica en no pocas aulas, congresos y seminarios.

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