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Judas, nuestro acusador

Existe una especie de búsqueda colectiva por desvirtuar el pensamiento cristiano

Víctor Ml. Mora Mesén
vmora@stfrancis.ed.cr
Director del Saint Francis College

Ya al margen de la polémica surgida en torno al Evangelio de Judas, uno se podría preguntar por qué tanto interés y pasión por defenderlo. Junto a la terrible ignorancia en interpretación histórica de las fuentes antiguas, la televisión ha despertado una especie de búsqueda colectiva por desvirtuar el pensamiento cristiano. Si bien detrás de todo esto podemos intuir una insatisfacción por las instituciones eclesiásticas, lo cierto es que nuestra sociedad sigue conservando los valores cristianos como punto de referencia obligado al enjuiciar el comportamiento individual y colectivo.

El problema no estriba en la negación de lo divino para garantizar la autonomía humana, ya que estas ideas solo son propugnadas por una minoría. La mayor parte de las personas en nuestro contexto no cuestionan la existencia de Dios, pero su creencia se separa del pensamiento crítico o teológico de manera dramática. Eso que dentro de los ámbitos eclesiales se ha llamado laguna catequética, parece que es en realidad una tendencia creciente a una seria limitación por preguntarse acerca del sentido de la existencia. No es solo que las personas viven con independencia de lo religioso; se pasa por esta tierra al margen de la pregunta sobre el significado de la propia vida, evadiendo -por la asunción irreflexiva de los "valores" de la propaganda- una mirada profunda a lo que realmente somos.

Alivio y postergación. Todos nos podemos identificar con Judas, porque en nuestra cotidianidad nos sentimos traidores de los más altos ideales, mantenidos por todos, pero poco importantes en la toma de decisiones reales. Afirmar su inocencia en la trama de la pasión de Jesús, vinculando sus acciones a un mórbido designio eterno, nos alivia la conciencia y posterga una vez más la tarea que sabemos pendiente: analizar nuestra vida desde los valores que pensamos nos pueden hacer más humanos y, si es necesario, cambiar la orientación de nuestros actos. Ese aplazamiento nos vuelve a hacer prisioneros de un círculo vicioso, que nos divide en nuestro interior. La contradicción que ha marcado la vida de Occidente desde hace mucho tiempo: el ejercicio de nuestra capacidad reflexiva y responsable vs. el individualismo egoísta.

Pocos tienen el coraje de admitir esa polaridad de nuestro espíritu occidental, al estilo de Maquiavelo o de Nietzsche. Preferimos ocultarla con el maquillaje de la crítica a las instituciones tradicionales, como si enarbolar la bandera de la revolución contra el clero nos eximiera de vernos desnudos ante el espejo de nuestra conciencia. Podemos parecer muy comprometidos con la transformación de nuestro mundo, defendiendo la protección de nuestro hábitat, al modo de la New Age; o pregonando una sociedad igualitaria, desempolvando nuevamente El Manifiesto Comunista. Pero todavía tenemos pendiente la cuestión de nuestra existencia. Un ámbito oscuro, poblado muchas veces de un gusto burgués, de un deseo imperioso de comodidad y de una indiferencia activa frente a las necesidades de los demás.

Tareas históricas. Judas puede funcionar en nuestro inconsciente como un reclamo, pues sería fácil imaginarnos participar de la mesa de la Última Cena y estar cerca del maestro del amor comprometido, pero al mismo tiempo consentir con un sistema social excluyente. Las pocas monedas de los gustos burgueses son suficientes para dar la espalda a la coherencia de una vida responsable. Cuando se quiere vivir en la construcción de un ser humano libre, en el pleno sentido de la palabra, es ineludible levantar la cruz de las urgentes tareas históricas. Empero, el miedo a que su peso sea demasiado insoportable nos asusta, por la gran cantidad de renuncias que estaríamos obligados a asumir.

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