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EDITORIAL

Vuelta a la realidad

El desconocimiento de la realidad y la falta de voluntad para acometer las soluciones agravó y acumuló los problemas del país


Ayer presentó el presidente Pacheco su cuarto y último informe ante la Asamblea Legislativa "relativo a los diversos asuntos de la Administración y al estado político de la República", como lo exige el artículo 139, inciso cuarto, de la Constitución Política. El contenido del discurso, en la primera sesión de los 57 nuevos diputados que, por cuatro años, conformarán la Asamblea Legislativa, reflejó fielmente la peculiaridad de la administración que, dentro de una semana, concluirá el período constitucional.

El gobierno de don Abel Pacheco se caracterizó, como queda plasmado en este último informe, por su alejamiento y desconocimiento de la realidad. Ambos términos se hermanan: el temor a enfrentarse con la realidad nacional, con los problemas económicos y sociales, produjo el (des)conocimiento, en el orden intelectual, y, por consiguiente, la ausencia de soluciones o el desacierto en su elaboración y presentación, así como la confusión de conceptos, a la hora de defender los pocos proyectos bien orientados, o la deserción de las propuestas presentadas, una vez en marcha. Este fue el itinerario del plan fiscal y del TLC. Firmado este por el Gobierno, tras una negociación que mereció los más altos elogios, el presidente Pacheco prohijó el desmantelamiento del Comex y desistió del seguimiento de este tratado por miedo a algunos dirigentes sindicales, lo que pretendió justificar sujetando el TLC a la aprobación del plan fiscal y a la lucha contra la pobreza. Al final, el Gobierno fracasó en ambos frentes y sumió al país aún más en la incertidumbre no solo por el fracaso en sí, sino por la evidencia pública de la carencia de liderazgo y de ideas rectoras.

Citamos estos dos casos a modo de ejemplo. Podrían enumerarse muchos otros, prueba inequívoca de la imposibilidad de gobernar un país a contrapelo de la realidad y aun de la propia racionalidad de la lógica política y administrativa. Esta dicotomía entre la irrealidad gubernamental y la realidad diaria, la de los seres humanos, produjo graves desaciertos en la acción y un gran pecado, si cabe hablar así, de omisión, frente a los grandes desafíos nacionales, lo que dio lugar a la acumulación y agravamiento de los problemas del país, en particular en el campo social. Tal como lo han documentado numerosos reportajes de La Nación en estos años, fruto de investigaciones propias o de informes de la Contraloría y otras entidades, los programas sociales sufrieron una grave desmejora y la gestión pública exhibió una precariedad alarmante.

El arte y ciencia del gobierno requieren ideas, objetivos precisos, un equipo competente y un liderazgo político preclaro. La presidencia de la República careció de estas condiciones básicas, por lo que la vaciedad intelectual y la falta de voluntad se colmaron de ocurrencias, improvisaciones, sofismas, contradicciones a granel y chuscadas, y hasta denuncias de palmaria irresponsabilidad, como la inminencia de golpes de Estado. Este espectáculo, además de causar sonrojo a los habitantes en el interior, degradó la función pública y fue motivo de hilaridad y descrédito en el exterior. Esta forma de gobernar, de la mano de una Asamblea Legislativa descaminada y bloqueada, ha dañado nuestro sistema político y ha erosionado la confianza de los ciudadanos en el sistema democrático. Si el daño no fue mayor, el mérito corresponde a nuestro patrimonio democrático, a la entereza del pueblo de Costa Rica, a la labor del Banco Central y al esfuerzo de los trabajadores y de la empresa privada.

Si, en los próximos cuatro años, se asientan la responsabilidad, la seriedad, la competencia y el respeto en la función pública, en el gobierno de la República y en la Asamblea Legislativa, si los grupos de presión piensan en Costa Rica y si los partidos políticos se guían por el valor ético y político del servicio y del bien común, es posible recuperar parte del tiempo perdido y enrumbar a nuestro país por el derrotero del desarrollo económico y social. La tarea es enorme, pero mayor debe ser nuestra devoción al pueblo costarricense, en particular a los sectores más pobres, las víctimas históricas de las fallas morales e intelectuales de los gobernantes y de la clase política, así como de la falta de solidaridad de quienes más tienen. Ya no hay tiempo para devaneos.

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