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La batalla de Santa Rosa

Walker alegaba que los venció un ejército europeo, pero en Santa Rosa solo pelearon ticos

Clotilde Obregón Quesada


No hay un hecho en toda la historia del país que haya significado tanto como la batalla de Santa Rosa del 20 de marzo de 1856. Santa Rosa salvó al país de la opresión y de la esclavitud que un grupo de extranjeros quería imponer.

Santa Rosa fue una brillante acción militar consecuencia de la preparación y determinación de modernizar el ejército que el presidente Juan Rafael Mora tomó desde años antes. No fue producto de la suerte ni de que, de un momento a otro, campesinos con azadones defendieran el país.

De la música a las armas. Desde hace bastantes años, hicimos una investigación sobre el triunfo de Costa Rica, y nos sorprendió la lucidez que tuvieron una serie de hombres, entre ellos el Presidente. Tomaron la determinación de prepararse, y por eso dedicaron todo el superávit del Estado en pesos oro, suma incalculable en el presente, a comprar armamento y todo lo que la movilización de un ejército necesitaba. En 1854, un país que había dedicado el año anterior más de 90.000 pesos oro en comprar instrumentos musicales y música escrita para sus bandas, que había empezado a traer los vidrios y los balcones de hierro para la construcción del palacio nacional, que había comprado libros para su universidad a la que le había construido un edificio y que pensaba hacer una reforma universitaria, tuvo que tomar la decisión de armarse para poder sobrevivir. El armamento importado consistía en armas y municiones, desde los rifles más modernos, los Minie, hasta los carretones y los arneses, amén de la vestimenta, y fue pagado por Costa Rica.

Los dirigentes sabían que el campo de batalla estaría lejos del Valle Central, que esta lejanía del teatro de la guerra era en sí un desafío y que los invasores no debían pasar de la zona fronteriza. Habría entonces que preparar a los oficiales y a la población pues esta debía saber lo que tenía que hacer y estar consciente del por qué iban a luchar y a morir. Movilizar el ejército era necesario porque no se podía dejar la responsabilidad a la fuerza de la frontera.

Por eso las fuerzas salieron de San José el 4 de marzo, iban con capellanes y médicos, entre ellos el doctor Hoffman, que permanecerá en Liberia mientras el batallón dirigido por el general José Joaquín Mora salía en busca de las fuerzas filibusteras.

El general Mora y sus oficiales estudiaron los planos de los diferentes sitios donde se podrían enfrentar con las fuerzas filibusteras, que habían invadido el país por orden de William Walker al mando del general Luis Schlessinger. Era un batallón formado por cinco compañías provenientes de los Estados Unidos, pero agrupadas según su origen (de Nueva York, de Nueva Orleans, francesa, de rifleros californianos y alemana); por lo tanto, la fuerza era grande, pero el batallón de Costa Rica los pudo atacar con gran seguridad en la hacienda de Santa Rosa.

Invasores furiosos. El triunfo de las armas costarricenses fue rápido y definitivo y los filibusteros salieron en desbandada. El éxito de Costa Rica enfureció a William Walker, quien, junto con sus oficiales, y después un grupo de historiadores filibusteros, sostuvieron la tesis de que habían sido vencidos por un ejército europeo.

En Santa Rosa solo pelearon costarricenses y a ellos debemos que no fuésemos convertidos en esclavos, que pudiéramos mantener nuestra idiosincrasia y fe y que el escenario de la guerra no estuviera en el centro del país, sino en la frontera. Gracias al triunfo de Santa Rosa y de Sardinal el 10 de abril, la lucha se dio en Nicaragua y, en la segunda campaña, en la frontera del río San Juan, donde Costa Rica de nuevo triunfó, con otra acción decisiva, estratégica y brillante.

Al celebrar Santa Rosa y recordar a los 20 muertos que tuvimos en esa batalla, debemos homenajear a todos los que en ese momento combatieron y con ellos a todas las mujeres que los sustituyeron en sus trabajos y los apoyaron en la guerra.

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