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En vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Hay dos tiempos especiales en la política nacional: el del gobierno en ejercicio, en los tres meses que preceden a las elecciones y los tres posteriores a estas, antes del 8 de mayo, seis en total. Un lapso extraño, tiempo de nadie, en que puede pasar de todo: desde el llamado ciclo electoral, en que un Gobierno irresponsable reparte a manos llenas, para favorecer al candidato oficial, o, como ahora, cuando el Gobierno desaparece -todavía más-, pero ciertamente tiene aliento para amarrar nombramientos, hasta con parientes, y atar al Gobierno venidero. En cuanto al presidente electo -en el interregno entre el día de las elecciones, el conteo de votos, la conformación del equipo de gobierno y el 8 de mayo- el tiempo adquiere -si es responsable y tiene sentido de la historia- otro sentido. No ya de sopor y temor, como el anterior, sino de distensión, a lo san Agustín, entre el pasado y el futuro, y, desde el punto de vista político, entre el tiempo perdido, en estos cuatro años, y el tiempo recobrado o, mejor, recobrable. (Algún día entenderemos precisamente el valor del tiempo y cómo su despilfarro constituye, junto con el nombramiento de funcionarios incompetentes o raterillos, el primer acto de corrupción). El problema con el tiempo es que, en verdad, este no pasa. Somos nosotros los que, como dice Proust, pasamos en él. Y esta es la cuestión. El tiempo perdido, decían nuestras abuelitas, hasta los santos lo lloran, y los poetas y padres del espíritu nos advierten sobre las consecuencias de desoír el llamado del Señor en la puerta, o, lo que es lo mismo, de no aprovechar las múltiples oportunidades que la vida nos brinda como personas y como nación. Esta generación actual de ticos carga, por ello, sobre sus hombros el peso y la culpa de haber disipado inmejorables oportunidades para crecer y ha terminado, como sentencia el informe Estado de la nación, comiéndose su futuro, esto es, su tesoro. Y este largo preámbulo ¿para qué? Para expresar mi angustia ante lo que estamos viendo: las negociaciones o el diálogo político amenazado por la política mediática o la comezón del espectáculo, así como la insistencia del PAC y de algunos sindicalistas en exigir lo imposible -renegociar el TLC antes de su aprobación-, la elección de un lugar "neutral" para hablar con el presidente electo (como si se tratara de las FARC), las propuestas etéreas para resolver los problemas del país o la delicadeza epidérmica ante el tono o el uso de ciertas palabras. Mientras tanto, el tiempo pasa inexorable, y el pueblo, sobre todo los pobres, pasa con él.
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