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¿Mosaico humano?

Dentro del modelo y la ética light actual, todo vale, todo juega, todo es bueno

Helena Fonseca de Odio


Mil quinientas personas se quitan la ropa para posar desnudos frente al lente de Spencer Tunick, esta vez ante la estatua de Simón Bolívar en Venezuela, héroe nacional de la independencia. Cuerpos de todas las edades, formas y tamaños siguen instrucciones del megáfono para posar de pie, acostados o de rodillas.

Nos encontramos ante un descenso de la cultura. Otro monumento a la deshumanización. ¿"Piezas de arte"? ¡No! Banalización de la intimidad personal, dentro del modelo y ética light actual. Todo vale. Todo juega. Todo es bueno.

Sí existe otro atlas, otra geografía por donde conviene introducirse hacia territorios más profundos de la arqueología personal: nuestra intimidad. El ámbito más nuclear del yo.

Argumento, dirección. Una zona espiritual reservada, donde se fraguan las decisiones más propias e intransferibles. Donde son insobornables la libertad y la verdad. Ahí exploramos los grandes temas de nuestra vida: amor, familia, trabajo, amistades, cultura. Nos damos cuenta de que las personas, así como las cosas, necesitan atención, porque exigen cuidados para permanecer en buen estado. Estamos frente a nuestro paisaje interior. Luces y sombras develan un mundo interno, ojalá valorado, cultivado; tal vez coherente o ilógico, verdadero o equivocado. Nos damos cuenta de que la felicidad no es un derecho sino un resultado. El viaje y la aventura de nuestra vida, cuyo éxito no está en el tener, sino en conquistar la calidad de nuestro ser, alcanza su plenitud cuando vamos valorando nuestra interioridad, a base de lealtades, coherencia, convencimientos, aciertos que manifiestan un argumento, una dirección.

Surge así una actitud, una forma de estar frente a uno mismo y a los demás: el reto personal de "saber estar" a la altura del propio respeto. Quien no respete su propia intimidad, será muy difícil que respete la del otro. Recordemos que en el Tratado de Derechos Humanos se hace referencia al derecho que toda persona tiene a su intimidad. Se impone la elegancia humana ante el desmantelamiento general de la persona cuando todo se cuenta, se dice, se sabe y se enseña. Vivimos el drama de la falta de interioridad. Se confunde belleza con exhibicionismo. Se cae en el reduccionismo y trivialización del cuerpo que siempre desciende al terreno de la vulgaridad.

Sin peso interior. Ciertamente hay "rebajas y descuentos", más que espacios "reservados"o "privados". Reina el acoso de la desnudez comercial, las "mujeres vitrina", los showrooms que "venden" espacios. Se cultiva más la imagen y se frecuentan menos las ideas en la civilización del ruido, el entretenimiento y la distracción. Piruetas y caricaturas sin peso interior. ¡Qué pena! En estas latitudes se vive para provocar. Surge entonces una llamada al "arte" de cautivar, atraer y seducir, pero con lo valioso. Enseñar a admirar que es aprender a valorar. Una convocatoria al reto: poseer más intensamente nuestra intimidad. Siempre será más seductora la persona que gobierna su intimidad, aquella que protege, defiende, el que terceras personas entren en esa residencia personal donde se habita, aquella que salvaguarda, tutela y escolta su intimidad psicológica y sexual, aquella que sabe que solo requiere guarda lo que vale. Valorar la intimidad es ciertamente custodiar e invertir en la valía personal. Apreciarse a uno mismo. Un reto personal diario para de verdad ser diferente a estas 1.500 personas. ¿O más.?

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