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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La realidad tiene razones que la política no debe jamás desatender. Dos de estas razones son el valor del sentido del tiempo y el peligro de la chambonería. La muerte del plan fiscal, defendido con pasión y lealtad por un grupo de diputados, y atacado por otros, por motivos de toda índole, nos muestra estas dos caras. Pocas veces, en la historia política de nuestro país, tantos han hablado tanto sobre un proyecto de ley y tan pocos, en verdad, lo han cuidado y llevado por el buen camino. Un proyecto de ley se engendra, se da a luz, se mima, se cuida y se robustece como un niño. Necesita, por ello, un papá y una mamá, hasta donde sea posible, un ambiente, un lecho y buen pan. En fin, amor. Esta pobre reforma fiscal, que, al parecer, le cantaron las exequias en la Sala Constitucional, careció de padres. Siempre me dio la impresión de un niño expósito, huérfano de gobierno y, peor aún, manoseado por la invención de una comisión especial mixta, una especie de bazar político, eco de lo que algunos llaman, caricaturizándola, la democracia participativa para que no funcione la democracia representativa, la que da la cara y asume la responsabilidad. Así discurrieron tres años con un proyecto, el buque insignia de este gobierno, que anteayer encalló. Con este epílogo, se perdió el tiempo, pero, al menos, quedó a salvo la lógica y con ella una nueva y valiosa experiencia. Esta nos dice que la combinación de la falta de sentido del valor del tiempo con la chambonería produce, como excrecencia y conclusión propias, pobreza, subdesarrollo, estancamiento y todos los males anejos a la falta de seriedad. El proyecto de reforma fiscal sufrió los embates de estas aberraciones. Honor a quienes la defendieron con convicción y a quienes la criticaron y denunciaron con argumentación. No así a quienes la lanzaron al ruedo y todo lo enredaron, desde Zapote, o a quienes se valieron de ella para meter baza ideológica y, al final, hacer mutis. ¿Cuánto nos cuestan tantos proyectos abortados o desechados, tras años de escaramuzas verbales? ¿Cuánto, tantas obras chambonas, a sabiendas de que la chambonería es uno de los negocios más rentables, como las carreteras hechas a la buena de Dios? En fin, cuán pobres los pobres en un país que hace todo lo posible para que, pese a estar asentado en oportunidades sin fin, perdure la pobreza, al renegar del valor del tiempo y del gozo espiritual de las cosas bien hechas. Sin atisbo de populismo, esta es la verdad: la gente pobre, que, a duras penas, sabe qué hacer con el tesoro del tiempo, paga siempre los platos rotos.
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