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/LA NACIÓN

Una moda escondida

En los hombres, los "aumentos" no son visibles debajo de los ropajes usuales

Fernando Durán Ayanegui


Hace pocas semanas se hizo referencia en esta misma página al ensanchamiento pectoral que se ha puesto de moda en Costa Rica, principalmente entre personajes de la farándula y, quién quita un quite, de la política. Por suerte, parece que no hubo quien tuviera tiempo ni voluntad para leer aquellos apuntes sobre un asunto tan intrascendente, pero de toda forma siempre queda el temor de que alguien los haya tomado como un intento de ludibrio antifeminista, algo que, según se puede jurar, estuvo totalmente fuera de intención.

En vista de ello, sin imitar a nadie y en un afán más bien trivial de mantener el equilibrio, la justeza, la simetría, la ponderación, la armonía, la neutralidad, la mesura y, podría decirse, hasta la ecuanimidad, es necesario comentar ahora la sospecha de que por el lado masculino de nuestra sociedad se ha desatado una moda similar, pero bien disimulada, en relación con cierta parte de la anatomía humana que, si bien desde el punto de vista de las buenas costumbres resulta poco mencionable, aparece abundantemente en los mensajes publicitarios (SPAM) del correo electrónico.

Etílico cuchitril. Cuentan que, cuando todavía funcionaba en el edificio que hoy ocupa el Museo del Niño una penitenciaría conocida popularmente como "la Peni", y surgió en Costa Rica la anglicada moda de añadirles un apóstrofo y una ese a los nombres comerciales, alguien abrió en los alrededores de aquella cárcel una cantinucha con el nombre de "Peni's Bar". De acuerdo con la historia, el etílico cuchitril no duró mucho pues desde el principio quedó claro que, sumadas las probabilidades de adquirir una intoxicación por medio del ceviche o estar a punto del ahorcamiento en el inevitable asalto a la hora de la retirada, entrar en aquel establecimiento equivalía por lo menos al 25% de un suicidio.

El párrafo anterior no tiene más objetivo que el de servir de eufemismo para indicar a cuál parte de la anatomía alude la presente nota, sin caer en una malsonancia semejante a la escuchada hace pocos días en la Asamblea Legislativa, cuando un diputado utilizó la lengua para propinarle a un ministro un simbólico cascarazo. Y el punto es que tiene que estar de moda el aumento quirúrgico del volumen de esa parte anatómica del varón de nuestra especie pues solo así se explica que circule en el correo electrónico una extremada abundancia de mensajes en los que se ofrecen a módico precio diversas formas de alargamiento, engrosamiento o ambas cosas a la vez, aunque justo es decir que en la zona publicitaria de ese negocio no se ha logrado la diferenciación auto- mática entre nombres masculinos y femeninos, por lo que personas llamadas Flora, Cecilia, Alejandra, Ramona, Yorleny o Jesenia, reciben la oferta con tanta frecuencia como los Antonios, los Manueles, los Everardos, los Wílmeres y los Yéicoles.

Nunca se sabe. A razón de preguntarnos por qué esta moda masculina no es objeto de tantos comentarios y reportajes periodísticos como los que ha merecido la otra, la femenina, la respuesta podría ser que, en el caso varonil, los resultados, por muy espectaculares que resulten, no son visibles debajo de los ropajes usuales ni son mostrados en las pasarelas como ocurre con las reformas que las damas y las damiselas adoptan, no in pectore, sino super pectus. Por esas mismas razones sartoriales no es posible saber si los más frecuentes usuarios de los servicios aumentativos a los que se ha venido aludiendo son los políticos o los actores y los animadores de la televisión; si bien en la TV se han visto mesas redondas de damas satisfechas con el inflamiento de las masas redondas, es inimaginable una reunión televisada de caballeros satisfechos porque ya no les apena mencionar en público pasadas penalidades. Aunque nunca se sabe.

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