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Gobernar en nuestros días Este es un tiempo único para reconciliar el sistema político con la realidadMiguel Gutiérrez Saxe Alguno pudiera pensar y tratar de tentar al gobernante con los viejos consejos al Principe: sugerir la tentación de "aplicar el castigo rápido y por una sola vez" o plantear la tentación de "afirmar que lo peor podría darse si no se hace caso", o directamente proponer la tentación de engañar, sin más. Si es que hay alguno, este no es ni remotamente un tiempo propicio para aceptar estos consejos. Este es un tiempo de oportunidad, difícilmente repetible, para reconciliar al sistema político con la sociedad. Esto supone precisamente aplicar criterios y orientaciones contrarios. Es tiempo de reestablecer lazos de servicio y respeto, entre gobernantes y gobernados, es tiempo de generar las condiciones para la obediencia civil de una ciudadanía autónoma, que encuentra en el gobierno el procesamiento razonable y equilibrado del conflicto de intereses, no su resolución sistemática en favor de algún sector. Elección y resultados. Después de todo, la democracia no es exclusivamente un procedimiento para elegir; son resultados y oportunidades para la ciudadanía, especialmente, después de largos años de promesa democrática creciente y una decreciente capacidad de hacer por parte del Estado, como bien lo muestran las recientes elecciones. No es posible esperar un clima entusiasta, mientras se achican los ingresos de los hogares, aumenta la desigualdad, se reducen los ingresos sociales, se deterioran servicios básicos de salud, seguridad, vialidad, y , al borde del paroxismo, se acumula un crecimiento muy notable del PIB, las exportaciones y las ganancias del sector financiero. Nueva economía boyante, pero sin mayores encadenamientos productivos, sociales y fiscales.
El proceso electoral mostró un sistema político asediado por el malestar ciudadano. Abstención elevada, clima electoral frío, participación ciudadana limitada y un resultado sin ganadores. Nadie tiene la fuerza suficiente como para reclamar un mandato para desarrollar exclusivamente su propio programa; cada una de las principales fuerzas no acumularon más allá de un cuarto del electorado en la votación presidencial. De esta forma, se impone la necesidad de gobernar sobre la base del entendimiento, en primerísimo lugar, con la población que reclama atención a sus demandas y ciertamente redistribuir los beneficios y también los aportes y sacrificios. Esto genera el espacio para abrir un marco de negociación política, en temas como la universalización de la educación secundaria con calidad, o el retomar la senda de la inversión pública, o el establecer sendas de desarrollo para todas. Desde luego que esto supone sacar de la parálisis a la Asamblea Legislativa y, también, la innovación en cuanto a mecanismos institucionalizados de diálogo. Así, la reconciliación con la sociedad civil organizada podría abordarse orgánicamente con la creación de un mecanismo multilateral de consulta obligada con la sociedad civil, que tuviera capacidades para participar informadamente, no en detrimento de acuerdos políticos de cara a la población. Un largo proceso de negociación dentro de la sociedad civil organizada tiene a este punto una propuesta consensuada (en esto, ¡sí se pudo!) para crear el Consejo Económico y Social. Un consejo público y privado: recurrir a nuevos mecanismos y a la eficiencia política para encarrilarnos en una nueva época de progreso social, crecimiento económico y perfeccionamiento de nuestra democracia.
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