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Iglesia y partidismo "No es tarea de la Iglesia hacer valer políticamente su doctrina"(Benedicto XVI)Jacques Sagot Uno de los puntos neurálgicos de la pasada elección presidencial lo constituyó la intervención política más o menos velada de algunos representantes de la Iglesia Católica. El pronunciamiento no se limitó a las declaraciones aisladas de uno o dos connotados obispos, sino también a las múltiples parroquias que se hicieron eco de manera acrítica e imprudente de estas posiciones netamente partidistas. La reciente y conciliadora reunión de algunos prelados con don Óscar Arias representa, sin duda, un acto de buena voluntad, y lo último que quiero es reabrir aquí heridas ya suturadas y en pleno proceso de cicatrización. Sin embargo, siento que los hechos merecen aún ciertas reflexiones. Creo profundamente en la doctrina social de la iglesia, pero también estoy convencido de dos principios fundamentales. Primero, una cosa son las causas sociales y otra muy diferente las causas políticas. Segundo, no voy a caer en la ingenuidad de afirmar que la iglesia debe ser apolítica, porque el apoliticismo, individual o institucional, es imposible, pero sí establecería de manera enfática la diferencia entre la política y el mero partidismo.
Comencemos por hacer un poco de historia. De 1870 a 1890 comienza a fraguarse la doctrina social católica. Su hito más importante es la publicación de Cristianismo y Acción Obrera (1869) de monseñor Ketteler, obispo de Maguncia. La encíclica Rerum Novarum (1891) de León XIII se convierte en la carta magna de lo que posteriormente sería la sociología cristiana. En ella el Papa refuta el socialismo y propone las soluciones a los problemas sociales según el pensamiento católico. Entre los deberes de los obreros está el respeto al capital, entre los deberes de los patronos está el no abusar de los obreros. Extraemos de este texto una primera conclusión: la Iglesia Católica nunca ha censurado el capitalismo per se, sino el capitalismo salvaje, aquel que priva al hombre de dignidad y lo convierte en mera pieza de un engranaje productivo. Uno de los grandes aportes de León XIII consiste en la humanización del capitalismo, no en su satanización. La encíclica Divini Redemptoris (1937) de Pio XI critica también el socialismo, pero lo hace desde una perspectiva humanista más bien que política. Se trataba de acabar con posturas tan belicosas como la de Lenin, cuando dijera: "Proletario: si tienes a mano un fusil o un cañón úsalo. Prepárate para poner en obra estos instrumentos de muerte y destrucción. Es moral todo lo que resulte útil para el Partido Comunista". Justicia y política. La encíclica Divini Illius Magistri (1929), también de Pio XI, advierte al mundo sobre el peligro de los regímenes totalitarios. En Alemania, el nacionalsocialismo llevaba nueve años de existencia, y llegaba ya a la cumbre de su ominoso poder. La escuela se había transformado en un laboratorio para la guerra, había un intento despótico de apoderamiento de los hijos para los fines del Estado. Sin embargo, la solución propuesta por Pio XI no es, una vez más, de orden político, sino educativo: crear una propedéutica de la salvación a través de la educación según los principios cristianos. El ConcilioVaticano II, convocado por Juan XXIII, continuado por Paulo VI y llevado a la praxis social por Juan Pablo II, enfatiza aún más la misión social y pastoral de la iglesia, manteniéndola, en la medida de lo posible, fuera de las beligerancias políticas concretas. De todas estas encíclicas y posiciones de la Iglesia Católica se desprende un punto fundamental: el amor conduce a la justicia, y la política no es sino un medio entre otros para alcanzarla. Por lo que atañe a la reciente encíclica Deus Caritas Est de Benedicto XVI, basta con entresacar algunas frases para darnos cuenta de cuál es su posición al respecto: "La doctrina social católica no pretende otorgar a la Iglesia poder sobre el Estado". "No es tarea de la Iglesia el hacer valer políticamente su doctrina". "La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar una sociedad más justa. No puede ni debe sustituir al Estado". "La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política". "La actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita". "Los colaboradores que llevan a la práctica el servicio de caridad de la Iglesia no han de inspirarse en la ideología, sino dejarse guiar por la fe que actúa por el amor". Según Benedicto XVI el compromiso social de la Iglesia Católica radica en ese amor que es a un tiempo eros y agapé, y cuya más hermosa manifestación es la caridad. (Dejo fuera de este comentario la "Teología de la liberación", que merece un análisis aparte). Defensa de la dignidad humana. La separación de la Iglesia del Estado es uno de los más importantes logros de Occidente, y el principal aspecto cultural que nos distingue del mundo musulmán. Esta separación se operó de manera paulatina. Síntomas anunciadores los encontramos en las frecuentes querellas de los señores feudales con el papado. La formación de los estados modernos acentúa aún más esta dicotomía. El anticlericalismo de muchos de los pensadores de la ilustración -en particular de los enciclopedistas franceses-, y el acentuado laicismo del siglo XIX reforzaron luego esta separación. El proceso fue históricamente muy costoso como para que vengamos ahora a revolver de nuevo las cartas. Ya lo dijo Bernard Henry Lévy: "¡Qué dicha que hay una institución en este mundo destinada por fin a defender los grandes principios del ser humano!". Si alguna vez la moderna Iglesia Católica se ha involucrado en el engagement político, ello ha sido únicamente cuando se trataba de combatir regímenes que directamente lesionaban al ser humano, como los totalitarismos más brutales de que se tiene memoria (el silencio de Pío XII ante las atrocidades del nazismo constituye una excepción lamentable). Convendrán conmigo, queridos lectores, en que la reciente contienda electoral entre el PAC y el PLN estuvo muy lejos de representar una instancia de genocidio, de violación de los derechos humanos, o de vejación física y espiritual del ser humano. Los escritos de monseñor Sanabria, a veces marcadamente políticos, obedecen a una coyuntura muy concreta: la defensa de las garantías sociales instauradas por Calderón Guardia -quien en la Universidad de Lovaina había estudiado con el distinguido cardenal Mercier- y respaldadas por Manuel Mora y el propio Sanabria. Estas conquistas sociales corrían el riesgo de ser abrogadas por León Cortés, cuyo autoritarismo y simpatías fascistas son bien conocidos. La beligerante posición de Sanabria se entiende plenamente en este contexto. En nuestro país, los sesgados pronunciamientos partidistas de algunos prelados que no supieron honrar su rol de guías espirituales de su pueblo son reprensibles y ofensivos para la ciudadanía costarricense.
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