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Las raíces del pasado Una valiosa exposición de las fotografías de Gómez Miralles en la Alianza FrancesaHugo Mora Poltronieri Educador La verdad: al fotógrafo de apellidos tan sonoros no lo traté; a mediados de la década de 1940, yo era solo un niño. Pero lo recuerdo en su estudio en el actual barrio La California, frente a la línea del tranvía a San Pedro y en un negocio al costado este de la embajada de Nicaragua. El negocio se llamaba El Radio y en él atendía una señora negra, muy simpática, de nombre Ruby; vendía una deliciosa repostería de tradición caribeña. Ahí mismo había una especie de sala de espera, a un extremo de la cual una puerta comunicaba con el estudio del artista. Adentro, aquello era una especie de sanctasanctórumcon don Manuel -muy parco en su hablar- colocado detrás de la enorme cámara y capturando con su ojo perspicaz lo que muchas décadas después sería atesorado como el preciado recuerdo de tiempos, si no más felices, al menos más reposados. Loable esfuerzo. Mucho de estoy fluye por la exposición de algunos de sus trabajos en el hermoso local de la Alianza Francesa, cerca del parque Morazán. Gracias al loable esfuerzo de Alejandra Chaverri para recuperar esas fotos de sus negativos en vidrio, quienes tenemos raíces en ese pasado podemos recordar cómo fue eso que alguna vez vivimos y dábamos ya por entendido (al destruir, por ejemplo, edificios singulares de gran belleza arquitectónica). El elemento humano atrae de inmediato la atención: escaso, en contraste con lo que vemos hoy en las calles, pero revelando notables diferencias socioeconómicas externas: está la gente pudiente, con su buena ropa, su infaltable sombrero y hasta "impresionando" con sus carros relucientes; pero también están las humildes vendedoras ambulantes de gallinas, otras que ofrecen naranjas "a 23 centavos el cien" y el chiquillo descalzo que, desertor de la escuela, contribuye a la economía del hogar (¿ha cambiado eso?), echándose al hombro unas cuantas flores de itabo para vender por las calles, tan descuidadas entonces como ahora. Detalle triste captado por el fotógrafo, pero ilustrativo de los tiempos que corrían para la salud de nuestros niños pobres: ¡los dedos de sus pies están terriblemente ulcerados por las niguas!
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