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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Algunos dirigentes sindicales rehusaron reunirse y hablar con el presidente electo de la República, Óscar Arias Sánchez, en su casa en San José, en la que sí estuvieron presentes, por cierto, los miembros de la Conferencia Episcopal. Exigen aquellos un lugar neutral. ¿Desprecio, arrogancia, tontera? Sea lo que sea, significa, principalmente, falta de urbanidad, eso que, antes, se aprendía en la casa y en la escuela. Tengo entendido que, en otros países civilizados, los dirigentes políticos y los representantes de las organizaciones laborales no tienen el menor empacho en reunirse en el lugar indicado por quien, por obra y gracia de la voluntad popular, representa la autoridad o la va a ejercer. ¡Autoridad: qué palabra más menospreciada, y, a la vez, compleja e intrincada, inseparable de la teoría política, desde que fue acuñada por los romanos: auctoritas, expresión del poder legítimo! Desdeñada, pero necesaria. No podemos prescindir de ella, de cierto orden, de leyes, de cierta jerarquía, de ciertas normas de convivencia, de ciertos estilos y procedimientos, de límites y limitaciones, y hasta de ciertas tradiciones. Lo contrario se llama anomia, entendida como carencia de normas o su degradación. En palabras más populares, el desmadre y la ley de la selva, el mundo de los igualados y de los pachucos, donde a quienes carecen de fuerza, de poder o de valimiento, muy especialmente los pobres, se los lleva el diablo. Igualados, una palabra clave en nuestro estilo de vida a la tica, digna del mejor de los estudios psicológicos y políticos. Temerosos de la competencia y desdeñosos de la excelencia, pretenden no pocos imponerse con el menosprecio de la autoridad, del respeto y, por supuesto, de la jerarquía. Lo anterior, combinado con la envidia o con los prejuicios ideológicos, causa estragos en la sociedad y entorpece y menoscaba su potencial de progreso. Precisamente esta mentalidad ha penetrado hasta tal punto nuestra cultura que el ejercicio de la auto- ridad, al mismo tiempo que suscita la ira del amonestado, reprime, por miedo, a quien está obligado a ejercerla. En definitiva, nuestra querida Costa Rica debe reconquistar lo que, al comentar las ceremonias del traspaso de poderes en Chile (que duró 45 minutos en el Parlamento), llamamos clase, autoridad ejemplar, estilo, orden, jerarquías, respeto, valores profundos y reveladores, que todavía muestran ciertas zonas rurales y ciertos sectores de nuestro país, y que, no hace mucho, nos los robaron los pachucos y los igualados, con título o sin él, en palco o en la calle, con plata o sin ella, cuyo diccionario se reduce a la farmacopea de maje, vara, hijo'p... y huevón.
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