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Qué par de intolerantes Mauricio Martínez S. mmartinez@nacion.com Albino Vargas y Rodrigo Alberto Carazo son un monumento a la intolerancia, la sober- bia y el mal gusto. En los albores de pleno siglo XXI, sus mezquinas actitudes son un funesto ejemplo para nuestros jóvenes y niños. Como chiquitos malcriados, casi zapateando en el piso y sin argumentos de peso, los dos figurones se robaron el show esta semana. A don Albino, un anquilosado dirigente sindical, se le ocurrió no asistir al encuentro convocado para ayer por el presidente electo, Óscar Arias, simple y llanamente porque en la casa del anfitrión no se sentía "cómodo". La retórica de Vargas, si es que la podemos llamar así, y los temores que evidencia, lo dejan muy mal ante la ciudadanía y sus supuestos "defendidos". ¿Cuál es el miedo a esos primeros acercamientos? ¿Es acaso que teme perder la identidad o no tener argumentos para dialogar con el Presidente electo? La ronda de conversaciones que está sosteniendo Arias no son más que aproximaciones y peloteos para puntualizar posiciones y buscar eventuales vías de negociación. No es el momento para exagerar y andar buscando aleros para la mediación (la Defensoría o una oficina arzobispal), como si estuviéramos en medio de un encarnizado lío social. Dichosamente, otros líderes gremiales, más pragmáticos y responsables, sí asistieron ayer a la cita con Arias. Por otra parte, en el mismo barco de la intolerancia de Vargas se montó el martes el diputado Carazo. Su exabrupto hacia el ministro de Transportes no solo lo retrata de cuerpo entero, sino que arroja por los suelos su investidura y el poco prestigio que pueda tener nuestro Congreso. La alusión que hizo el Ministro al gobierno del presidente Carazo (1978-82) no es una ofensa ni mucho menos. Se trata de una opinión formulada en un Estado de derecho, donde la libertad de expresión permite un respetuoso intercambio de puntos de vista. La manifestación del Ministro es una posición que muchos compartimos, y en lo personal con conocimiento de causa porque madrugué más de una vez para hacer fila en los finados estancos. Así que la diatriba de don Rodrigo es gratuita y denigra al Congreso. Hago votos por que los malos ejemplos de estos dos ciudadanos no se vuelvan a repetir.
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