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De pesas y medidas

La ambición humana desmedida no es nueva; tampoco, el exigido paso final de saldar cuentas

Vladimir Carazo
doctorcarazo1@costarricense.cr
Médico

El ser humano tiene la manía de cuantificarlo todo, como en el ejemplo que nos daba El Principito, contando, pesando, midiendo y comparando. En los últimos días y como parte de un menú que hace años no cambiamos, hemos visto tres ejemplos que desenmascaran a los tres enemigos fundamentales de la persona y de la sociedad: la ignorancia y dos de sus disfraces, la ambición y la mentira.

Unos cuentan papeletas, forzando el cordel de la verdad para que se anulen o se validen; otros, que se dicen el pueblo, coquetean con antidemocráticas ideologías e intereses extranjeros; otros más acumulan monedas de cuentas gemelas; todos, en su ambición del ficticio poder. Al final, las jaranas saldrán a la cara porque es imposible burlarse de la buena fe de un pueblo, violentar la ley y, sobre todo, engañar a la propia conciencia que, a fin de cuentas, pasa la cuenta.

Costa Rica va, desbocada, hacia una realidad cada vez más parecida a la de Haití, que "para los pelos" y pide un alto con urgencia.

Pago justo. La ambición humana desmedida no es cosa nueva, pero tampoco el paso final que exige saldar cuentas. En el Libro de Daniel -de contenido apocalíptico aunque es parte de los libros proféticos del Antiguo Testamento-, quedaron impresas las palabras Mane, Thecel, Phares (pesado, contado y dividido). Durante una fiesta, una mano misteriosa escribió esas palabras sobre la pared del salón donde el rey de Babilonia derrochaba su malhabida fortuna, en bacanales para sus cortesanos. A pedido del rey, Daniel interpretó esas palabras y explicó al mismo rey que Dios retribuye pago justo a todos, pesando, contando y dividiendo las acciones personales, y castiga a quienes no saben vivir "a conciencia". En la historia de Babilonia, esa misma noche, el rey murió y el reino de Babilonia se dividió.

Todo esto es asunto de conciencia. Ahora, ¿cuánto pesa la conciencia?

Tiempo atrás se usaba un curioso método para pesar las cosas. La unidad era el grano, esto es, el peso de un grano promedio de buen trigo maduro; 20 granos constituían un escrúpulo, 3 escrúpulos eran una dracma, 8 dracmas sumaban 1 onza, 12 onzas hacían una libra, y 25 libras completaban una arroba, que se representaba con el símbolo @, el mismo que hoy millones de personas utilizan en Internet, quizás sin sospechar siquiera de dónde proviene. Pues bien, escrúpulo era el nombre que recibían las piedrecillas que algunas veces se meten entre el pie y el calzado y producen mucha molestia; piedritas de estas, que contrapesaran 20 granos, se usaban como unidad de peso; escrúpulo es también el nombre que damos a la duda o recelo que, como la piedra en el zapato, inquieta, desasosiega y corroe la conciencia.

Con la vara. ¿Qué ignora el ambicioso? Las leyes que regulan la vida y la convivencia humanas, sobre todo la ley de la compensación, que dice: con la vara que midas, serás medido.

La ambición desmedida no tiene escrúpulos: ni uno. En su caso, pienso, la conciencia pesa menos de 3 milésimas de libra; es decir, ni un escrúpulo. Dramático. Y. qué cosa, sin embargo, que los pequeños escrúpulos que modulan la conducta de acuerdo con la conciencia, reditúen tanto, mucho más que votos, ideologías o dinero, porque otorgan el Verdadero Poder.

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