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El especialista: ¿Para qué el TLC? Dennis Meléndez Economista Si Costa Rica no ratifica el TLC, y a breve plazo, sufrirá enormes perjuicios. Ya no se trata solo de que se dejarán de obtener los grandes beneficios que indudablemente produce el libre comercio, y de que estos serán generalizados, aun para aquellos que le tienen tanto miedo. No, ahora se trata de que, sin el TLC, el resto de Centroamérica nos tomará ventaja en el comercio, en las inversiones, en la generación de empleo y en la reducción de riesgo país. Mientras esos países se vuelven atractivos, Costa Rica lo pierde. ¿Es tan difícil entender que si los productos costarricenses tienen que pagar impuestos para ingresar a Estados Unidos o, a los demás países que suscriban ese tratado, no podremos exportarlos? ¿Y que con ello, no habrá inversión que quiera venir al país, ni nuevos empleos y que las empresas que ya operan aquí, por razones obvias, preferirán moverse a los otros países? Me resisto a creer que un pueblo culto como el costarricense no pueda entender eso. La peor falacia con que se ha atemorizado a la población es la de que el TLC se puede y se debe renegociar. Eso más parece una táctica de boicot que un genuino deseo de mejorarlo. Pero, si efectivamente fuese cierto que el TLC se pudiese renegociar, ¿qué se querría cambiar? Lo útil que tiene un acuerdo comercial es que obliga a cambiar muchas cosas, a mejorar en eficiencia y en competitividad. Porque si lo que se quiere es seguir haciendo igual las cosas, no se necesita ningún tratado. Si se quiere mantener monopolios estatales dominados por caprichosos intereses, no hay que hacer nada. Si los consumidores, conscientemente, están dispuestos a seguir pagando precios altos por productos como el arroz, las papas o el pollo, solo para llenar los bolsillos de unos pocos, no hay necesidad de ratificarlo. Si la gente quiere seguir desempleada y que el desempleo siga en aumento, mejor olvidar la apertura comercial. Si no importa que los salarios sigan bajos y no se quiere que se equilibren a los de los nuevos socios comerciales, ni que mejoren las condiciones laborales, no hay que ratificar el TLC. Eso sí, si semejante estulticia llegase a imponerse, todos aquellos que impidan su aprobación deben asumir su responsabilidad histórica y estar dispuestos a dar la cara a quienes queden desempleados o no puedan encontrar en empleos de calidad; a los consumidores que tengan que seguir pagando precios por encima de lo que cuestan los productos en el extranjero o a quienes tengan que seguir sufriendo los costos de los monopolios. ¿Estarán dispuestos?
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