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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El gobierno de Ricardo Lagos y el triunfo de Michelle Bachelet, la nueva presidenta de Chile, han estado siendo objeto de los más cálidos y justos elogios en la comunidad internacional. Chile es hoy -sin desmerecer, por supuesto, su glorioso historial- figura descollante en el mundo. El ceremonial -de palacio, templo y calle- el domingo pasado, armonía de fondo y de forma, evidenció una nación ejemplar y ascendente. Decimos "hoy" por cuanto, en medio de la confusión de ideas, la maraña ideológica que ata y asfixia, el reino de la demagogia y el populismo en algunos países, el advenimiento de los bufones revolucionarios, la nostalgia vergonzante del pasado totalitario, el opio de no pocos intelectuales o que se dicen tales, la disociación del dinero y de la cultura, de la libertad y de la solidaridad, el pueblo y el Gobierno chilenos han demostrado, después de las duras pruebas sufridas, tras el duelo y la muerte, la tortura y la desaparición, que es posible, en el marco democrático, erguirse y ponerse de acuerdo en lo esencial, echar a andar con paso firme y alcanzar las más altas metas. Hasta ha sido posible que, después de seis años de gobierno, Ricardo Lagos se despida con el respaldo de casi el 80 por ciento del pueblo, cimentado sobre la tríada de política, liderazgo y autoridad. Lo vimos, el domingo pasado precisamente, con ocasión del traspaso de poderes y la presencia de la primera mujer latinoamericana en el timón del gobierno chileno. Y lo observamos también en signos menos altivos e institucionales, pero reveladores, por provenir de dentro: el estilo (no pedantería ni vanidad), la clase (no clasismo ni discriminación), el buen gusto (no ostentación), el respeto (no distan- ciamiento), la alegría ciudadana en las ceremonias y en el comportamiento de las personas, en la calle, en el templo o en el parlamento. ¡Ah, y en la limpieza de las calles, en el orden público, el decoro y el sentido de las respuestas de los políticos a las preguntas -inteligentes, justas y oportunas- de los periodistas y, por supuesto, en la claridad y hondura de los discursos! ¿Un país paradisíaco? No, mejor, un país que se bate por lo humano, esto es, por la libertad, la buena gestión y la solidaridad. Nos acordamos, ese domingo, de la trascendencia del valor ético de la seriedad, de la responsabilidad, del sentido de excelencia, del cultivo del espíritu, del trabajo honrado, del respeto, contra el desenfreno de los revolucionarios charlatanes, ahogados en petróleo, contra los ideólogos acartonados, los políticos incompetentes, los arribistas, la democracia callejera y, ¡ay dolor!, de los pachucos, con títulos o sin ellos, que han inundado nuestra patria.
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