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Usemos la naturaleza Juan Fernando Cordero jfcordero@nacion.com Año con año, y en constante crecimiento desde hace rato, cientos de miles de turistas viajan millares de kilómetros para disfrutar de los encantos de Costa Rica. Muchos de ellos los buscan, de antemano, cerca del parque Morazán, y no recorren en el país más que unas cuantas cuadras de barra en barra y de birra en birra. Pero la abrumadora mayoría, la que realmente nos conviene atraer, retener y chinear, llega ávida de deseos e ilusiones por comprimir el territorio nacional y exprimirle el gusto desde Corcovado hasta los canales de Tortuguero, desde isla de Pájaros hasta el parque La Amistad, desde Puerto Viejo hasta el parque marino Ballena. En este periplo de sensaciones y placer estético, las áreas protegidas juegan un papel fundamental pues muchas de ellas son estaciones obligadas en el itinerario del visitante. ¿Deben dedicarse estas áreas a otro fin que no sea el de solaz y gozo de la rica biodiversidad que encierran? La pregunta saltó a la discusión pública con el proyecto de la diputada Emilia Rodríguez para permitirle al ICE explotar la energía geotérmica dentro de los parque nacionales. El mayor potencial, según los estudios, estaría en los parques asociados a volcanes como Rincón de la Vieja, Tenorio, Poás e Irazú. La iniciativa trajo consigo, además, el momento de no posponer otra vez una de las tantas discusiones diferidas en Costa Rica: el uso de los recursos naturales para el propio beneficio de las áreas y como aporte a la solución de problemas de interés nacional, en este caso, sustituir la importación de petróleo. Pretender que las áreas protegidas sigan siendo tesoros intocables es una visión poco realista hoy, cuando algunas de ellas languidecen por falta de recursos y atención. No se trata tampoco, ni por asomo, de (la palabra macabra) privatizarlas. ¿O es que no somos capaces de guardar las posiciones extremistas en el armario y sentarnos a buscar el justo medio en los casos en que sea necesario; en esta oportunidad un plan que permita una explotación racional, con el mínimo impacto ambiental, el mayor control estatal, y con un rédito (superior, desde luego, al que el proyecto propone, y sin desvíos ni retenciones) que se reinvertiría en las propias áreas protegidas? Hasta los turistas sensatos estarían de acuerdo.
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