|
|
|||||
|
|
En Guardia Jorge Guardia Quirós jguardia@nacion.com No había acabado aún la campaña. En la radio, un candidato destilaba animosidad contra la inmigración. Pero él no ponía atención. Era un solterón incorregible, sin vocación para las faenas del hogar ni cocinar. Necesitaba ayuda, desesperadamente. Le advirtieron de las nicaragüenses. Desde luego, no lo creyó. Puso un anuncio. Y esto fue lo que pasó. ¿Necesita una empleada? Sí, mucho. ¿Para atender a un hombre solo? Sí, muy solo. Puede empezar hoy, pero no la puedo esperar. Y dejó las llaves con el guarda (otro nica). Al regresar, no lo podía creer: la casa, impecable; el piso, brillaba; la ropa, ordenada, flores, música y cubiertos para dos. Yo soy María, mucho gusto. El gusto es mío (un gustazo). Esa noche, comprobó lo bien que cocinaba. ¿Dónde aprendió? Por ahí. Y le regaló una sonrisa sincera. ¿Será sincera en lo demás? Para su desgracia, María era muy bonita. Espigada, facciones finas, y su piel color caramelo anidaba unos ojos grandes, oscuros, como el cabello que caía libremente sobre sus desnudos omoplatos. También era emprendedora. Tomaba las decisiones que él solía posponer. De sus labios, nunca escuchó frases groseras; mas bien, orientadoras. Era casi perfecta, sin exagerar. Su alegre risa se escuchaba por doquier. Esto no puede ser. Alguna falla ha de tener. ¿No será honrada? La duda lo atormentaba. Y decidió probarla. Dejó dinero en los rincones y cambio en los pantalones. Aquí están, patrón, en la gaveta. ¿Y el reloj? En la biblioteca. Entonces, habrá de ser golosa. Compró una torta de fresas, tomó una porción (deliciosa) y dejó el resto en la alacena. Pasaron los días. La torta, provocaba; María, languidecía. ¿La probó? Jamás, señor, sin su consentimiento. Lo desarmó. Pero en vez de aceptar la realidad, aquella que le gritaba con sus ojos, decidió probarla una vez más. Le revisó el bulto. ¿Por qué, señor, me hace desconfianza? Obcecado, sacó una a una sus prendas de vestir: jeans ajustados, camisetas ceñidas, sostenes transparentes y unos bikinis diminutos y exquisitos que laceraron por siempre su imaginación. Estaba perdido. Perdón, soy un canalla. Y le devolvió el bulto. María rompió a llorar. El lunes, ya no llegó. Me llamó, desesperado. Ladrona, insinuó. Y decidió revisarlo todo. Todo estaba ahí. Nada faltaba. Y, sin embargo, algo faltaba. Un miedo terrible lo invadió. Traté de calmarlo. Esa noche, tarde, supe que acudió a la Fiscalía a denunciar un hurto agravado, delito continuado cometido con abuso de confianza. ¿Qué le hizo, señor? Me robó el corazón...
|
Enlaces comerciales: |
|||
|
© 2006. LA NACION S.A. El contenido de nacion.com no puede ser reproducido,
transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito del Grupo Nación GN S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Número telefónico: (506) 247-4747. Fax: (506) 247-5022. |