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La imprudente caricatura del Profeta

Una provocación innecesaria que desoyó los valores del pensamiento ilustrado occidental

Rafael Ángel Herra


En algún lugar de los libros ahora perdidos conservé por muchos años una revista que hoy habría que releer. Era un ejemplar monográfico de Le Magazine Littéraire, aparecido hacia finales de los años 70. El título de portada parecía absurdo o, al menos, extemporáneo: Le retour du sacré. Y la ilustración, si mal no recuerdo, representaba una procesión o una masa gigantesca de fieles en algún lugar sagrado del islam.

La crisis desatada en Oriente por las caricaturas del Profeta, editadas en un diario danés y reproducidas por varios periódicos europeos, no hace más que reconfirmar, casi medio siglo después, la observación de aquel número viejo de la revista parisiense: lo divino sigue siendo una fuerza en los procesos históricos.

Este caso ha propinado a muchos una lección sencilla pero implacable. Occidente no puede atribuirle al islam, en su campo cultural, histórico y político, igual margen de tolerancia ni una imbricación con la sociedad semejante a la que le atribuye al cristianismo en Europa y en los países deudores de la civilización europea.

Limitaciones del cristianismo. El cristianismo no tiene el mismo peso de ayer ni en la conciencia ni en la legitimación del poder, al menos si se habla de la escéptica Europa. Ya pasaron los tiempos medievales donde la cris- tiandad, ebria de fe, constituyó el cemento de la cohesión social y la ideología de legitimación de todos los reyes. Tras más de mil años de poder absoluto a partir del Edicto de Milán en el año 313, el cristianismo sólo empezó a conocer limitaciones a causa de los primeros embates de lucidez renacentista que abrieron paso a la Reforma protestante, y más aún a causa de la Ilustración y de las políticas emancipatorias surgidas a golpe de tambor los últimos cien o poco más años. El cristianismo es un ingrediente histórico clave del mosaico occidental, pero ya no su condición necesaria actual. El proyecto de la Constitución europea no lo menciona.

Por otro lado, el islam conoció un intenso período de libre pensamiento con filósofos como Avicena, Averroes o el judío-español Maimónides e hizo florecer las ciencias y las artes mientras en la Europa medieval el saber se aislaba en los monasterios. A pesar de aquel dinamismo del pensamiento, las culturas inspiradas en las doctrinas del Profeta siguen fundamentando en el texto sagrado la forma del orden social, y no solo la fe. Los grandes sabios de Oriente, los médicos, los arquitectos, los matemáticos, los poetas, no se ocuparon de preparar una lectura crítica de la religión y no se produjo nunca algo parecido a la reforma protestante, ni pretensiones iluministas o emancipatorias. En tanto religión monoteísta, la doctrina dictada por Alah y vertida para siempre en las letras sacras del Libro, se confunde con la fe, permea todo el orden social y la conciencia de buena parte de la humanidad.

La intelligentsia occidental, a pesar de su escepticismo cada vez más corrosivo, no debe ignorar este hecho, ni puede tampoco manchar con un pincelazo los valores religiosos de otras culturas, al menos si juzga que es mejor para un mundo del futuro posible evitar la guerra de civilizaciones en vez de provocarla, y si cree que es preferible el diálogo intercultural antes que la guerra. La transculturación de Occidente tiene límites muy serios.

A todas luces la publicación de las caricaturas de Mahoma fue una provocación innecesaria y, en cambio, desoyó los valores más lúcidos del pensamiento ilustrado occidental.

Le Magazine Littéraire se equivocó hace casi medio siglo: lo sacro no regresó a esta tierra de seres orgullosos; ha estado ahí desde hace tiempo y seguirá por largo rato aún.

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