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Milosevic, impune Víctor Hugo Murillo S. vhmurillo@nacion.com La súbita muerte del exdictador yugoslavo Slobodan Milosevic, el sábado anterior, es una gran lástima para la humanidad. Obviamente, no porque su desaparición súbita represente una pérdida irreparable, ni mucho menos porque haya dejado una impronta que aporte algo positivo para las actuales y siguientes generaciones. Lo lamentable -lo único- del fallecimiento de Milosevic es que se esfumó toda posibilidad de hacer justicia, un objetivo largamente anhelado sobre todo por quienes sufrieron las nefastas consecuencias de las cuatro guerras que ese personaje impulsó en los Balcanes. Ahora, cuando en Rusia y Serbia surgen voces de quienes se rasgan las vestiduras por esa muerte (hacen críticas a las condiciones en que estaba el preso y plantean dudas sobre las causas del deceso), es importante no perder de vista la gravedad de los cargos imputados a Milosevic y la responsabilidad que le cupo por la oprobiosa campaña de "limpieza étnica" en los territorios que una vez formaron la federación yugoslava. Basta solo recordar las imágenes de prisioneros famélicos en campos de concentración que, de pronto, revivieron en Europa pesadillas que se creían extintas después de la Segunda Guerra Mundial. Es cierto, en honor a la verdad, que los trágicos sucesos que se desencadenaron en la Yugoslavia después de Tito no son solo culpa de ese dirigente. Desgraciadamente, los recelos entre los líderes de las repúblicas yugoslavas y el nacionalismo enfermizo convirtieron a quienes habían vivido como vecinos -en sentido literal- en enemigos encarnizados, cegados por la intolerancia. Sin embargo, fue Milosevic, con sus ambiciones territoriales para la "Gran Serbia", quien llevó la situación a los extremos más graves. Es importante dejar esclarecida la causa de esa muerte pues nada -ni siquiera las gravísimas acusaciones que pesaban sobre Milosevic- justifica violación alguna a sus derechos. Pero no hay que dejarse envolver por las maniobras de aquellos que, ahora, pretenden voltear la tortilla para sentar en el banquillo de los acusados al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. Es común que los incondicionales a los dictadores pretendan desviar la atención para confundir y diluir la responsabilidad de quienes, generalmente, fueron verdugos sin ninguna piedad.
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