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Sub/versiones Leonardo Garnier garnier@amnet.co.cr "¿Por qué estudiar?" se preguntan los jóvenes de hoy. Porque el estudio nos hace más dueños de nosotros mismos -podría decirles-; pero, si eso suena muy etéreo, digamos simplemente que hay que estudiar ¡porque no hay quite! Sin estudios -o con muy pocos- solo se puede aspirar a un pobre empleo o, si se quiere, un empleo de pobre. Los datos son elocuentes: de nuestra fuerza de trabajo joven (entre 20 y 29 años), un 99% de quienes no tienen ninguna educación y un 88% de quienes solo tienen alguna educación primaria, no logran pasar de las ocupaciones de más baja o ninguna calificación, que son también las peor pagadas. La cosa cambia muy poco cuando se tiene algo de educación secundaria: un 5% accede a un empleo técnico y un 20% a ocupaciones semicalificadas; pero el 75% sigue atrapado en los peores empleos. Incluso la secundaria completa ofrece mejores oportunidades a menos de la mitad de la fuerza de trabajo: un 17% se ubica en ocupaciones técnicas o de alta calificación y un 31% en trabajos semicalificados; pero el 52% sigue ahí, atascado en los pobres trabajos de pobre. Lo único que sí parece marcar una diferencia es contar con algo más que la secundaria completa, es decir, con secundaria y algún estudio técnico o profesional: es así como dos terceras partes logran acceder a los empleos de mayor calificación y mejor remuneración, mientras que un 20% se ocupa en empleos semicalificados; y el riesgo de quedar rezagados en los peores empleos se reduce al 13%. Los datos son contundentes: ya quedó muy atrás aquella idea de que se cumplía dándoles a los hijos una educación primaria pues ni siquiera la secundaria es suficiente hoy: solo puede verse como el nuevo piso -nunca el techo- de la educación que requieren nuestros jóvenes. La base, no la cima. Una buena secundaria completa más algún estudio técnico o profesional son indispensables para que la gente joven pueda aspirar a esos mejores empleos en los que -como decía don Pepe- el trabajo se valoriza y la gente se dignifica. Lo absurdo -lo trágico- es que, sabiendo que esto es así, estemos negando esa oportunidad a la mayor parte de nuestra juventud. Si apenas una tercera parte de quienes entran al primer grado llega a terminar la secundaria, ¿cómo podría sorprendernos que esos pobres empleos a los que quedan condenadas las personas de menor educación, ocupen a casi dos terceras partes de nuestra fuerza de trabajo joven? ¡No hay quite! El reto, por eso, es doble: hay que estimular las inversiones capaces de generar más y mejores empleos, porque esas ocupaciones apenas dan cabida al 20% de nuestra fuerza de trabajo joven; pero, al mismo tiempo, hay que garantizar que nadie se quede sin la educación indispensable para ocupar esos mejores trabajos... y para vivir una vida más plena.
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