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Entre discordia y esperanza

Conarroz repartió ¢2.900 millones que pagaron los costarricenses, en especial los más pobres

Velia Govaere Vicarioli


Concentrada Costa Rica en un tenso recuento de votos, estimé apropiado un compás de espera para responder a don Óscar Campos, representante de Conarroz, quien, el 2 de febrero, se refirió a mi artículo de la edición dominical del 29 de enero.

"Granos de la discordia", decía yo, entre el bien común y el beneficio particular. "Granos de la esperanza" replicaba don Óscar sin explicarnos para quién.

Don Óscar elude referirse al núcleo factual de mi artículo: la Contraloría General de la República establecía, en un informe ampliamente conocido y divulgado, que en Conarroz se distribuyeron más de ¢2.900 millones en el 2004 como producto de comprar arroz en el extranjero a precios internacionales 35% inferiores al precio de venta nacional y venderlo al monto interno establecido por ley para proteger la producción nacional de arroz.

Los tribunales le darán o no la razón a Conarroz y podrán llamar a eso "pago por diferencia de precios" y no "repartición de ganancias o subsidios". Esa no es mi discusión: Conarroz repartió, en el 2004, ¢2.900 millones que pagaron los costarricenses, especialmente los más pobres. Esa es la discordia, no la esperanza.

Estímulo a la importación. Esos fondos repartidos no ayudaron a aumentar la producción nacional de arroz, sino simplemente fueron un estimulante adicional para importar. Como consecuencia, Costa Rica produce menos del 50% del arroz que consume y el grano faltante es importado por Conarroz sin pagar aranceles.

Eso tiene consecuencias directas en la mesa de los costarricenses más pobres: el arroz, producto por excelencia de canasta básica, ha experimentado un incremento del 75% en los últimos tres años.

Don Óscar no contradice que 33 grandes empresas productoras (algunas, propiedad de un mismo dueño) se repartieron más del 50% de los fondos generados, no de producir, sino solamente de importar con protección estatal.

Evidentemente, don Óscar no discute esto. Él quiere discutir otras cosas, más técnicas o más complejas. Regresemos a lo básico: el impacto social negativo que tiene un privilegio especial de grupo de interés y la necesidad de encontrar un justo balance entre el bien común y el interés particular.

Como bien dice don Óscar, al señalarme como abogada de los pequeños productores de arroz, no soy indiferente a las apremiantes necesidades de este sector, al que he respaldado profesionalmente antes que existiera Conarroz. Los defendí, con orgullo puedo decirlo, contra importaciones masivas de arroz de los Estados Unidos, cuyo régimen de subsidios es internacionalmente debatido.

Un crecimiento artificial. ¿Cuál es la esperanza de los granos de don Óscar? Pregunto porque la esperanza de todos los costarricenses es poder beneficiarse de forma integral de los beneficios que otorga la globalización. No queremos ni podemos aceptar seguir viendo crecer artificialmente el precio de los productos de la canasta básica en detrimento de una población cada vez más pobre y en beneficio de algunos sectores, en general.

No hay posible retorno a un nostálgico pasado aislacionista, pero tampoco podemos aceptar como moneda de curso obligatorio que el beneficio de los tratados comerciales internacionales no se traduzca en mayor empleo, menores precios a los insumos y a los consumidores, y mayor crecimiento y protección de la pequeña y mediana empresa.

El comercio internacional no es un fin en sí, sino un instrumento que puede servir para promover el bien común, pero también para ser canalizado al servicio de una minoría. El populismo se alimenta de los temores, desconfianzas y prejuicios. Un estadista construye una visión que une de nuevo los corazones de su pueblo en la esperanza. Ese es su reto, don Óscar.

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