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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@costarricense.cr De la misma manera que ningún carnicero acepta que su carne es mala, ningún presidente de la República admite que su gobierno también lo sea. Ni tontos que fueran. Pero basta una ojeadita al país que cada cuatro años nos dejan para que por la boca muera el pez. En esa etapa justamente se encuentra don Abel Pacheco. Con esa flema de prócer que le irradia la foto de don Ricardo, en su liturgia dominical se encarga de recordarnos que nosotros, alias los ciudadanos, vivimos en Costa Rica, y que él, flamante dignatario, en Pachecolandia. El domingo pasado exaltó el auge turístico y la bonanza que esa actividad le produjo a la economía nacional. ¡Estupendo! Lástima, sin embargo, que siendo él tan buen cuentista, no contara el cuento completo, pues nos moríamos de la gana por saber qué le había dado él a cambio, en obras y servicios, a ese turismo providencial que al principio de su (des)gobierno declaró prioridad nacional. ¿Aeropuertos a medio construir? ¿Filas interminables, burocracia e incomodidad? ¿Carreteras intransitables a playas, montañas y otros centros vacacionales? ¿Puentes como los de la Costanera Sur? ¿Puentes sin autopistas? ¿Inseguridad? ¿Muelles imposibles para los grandes cruceros? No obstante, el suspenso en que don Abel nos tenía se acabó esta misma semana. La parte del cuento que él ignoró nos la acaba de contar, con lujo de detalles, el Gobierno de Canadá al advertir a sus ciudadanos del peligro de visitar nuestro país ante la ola de robos, asaltos, secuestros, ataques sexuales y protestas violentas en las calles. Ante eso, no podemos menos que recordar la frase dicha por don Abel el día en que juró servir a la patria : "Me propongo crear las condiciones para que el país genere riqueza y dictar las reglas justas para que los beneficios de esa riqueza sean equitativamente distribuidos". ¿Con esa equidad es como él cumple su palabra? ¿Y como rinde sus cuentas; tapando la gracia? Es axiomático. Por más chirraca y autobombo de que hagan gala los presidentes al salir, tanta ineptitud para gobernar, tanta soberbia de poder y tanta indiferencia hacia el país, tarde o temprano salen a la cara. No hay duda. Nunca la ha habido. Don Abel pasó por la Presidencia pero la Presidencia nunca pasó por el país. De ahí su apuro actual de echarle tantas flores como pueda a su (des)gobierno para, al menos, dejarnos el muerto perfumado.
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