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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Vienen a punto dos reflexiones para evitar equívocos y torcidas inferencias. Primera: algunas almas pías, y otras no tanto, lanzaron por Internet, en este interregno postelectoral, salpicado de lamentaciones, imprecaciones y amenazas, una columna del 29 de agosto de 1997 de este campesino herediano sobre el fraude cometido, en las primarias del Partido Liberación Nacional (PLN), en aquellas fechas, comprobado, además, por el TSE. Entre otras cosas, escribí a la sazón: "Lo del PLN es un aviso. Hasta en la pureza electoral, el último bastión que nos quedaba, esta generación perdió la virginidad". Esa columna de 1997 discurrió por Internet para enrostrarme, al parecer, que también en la elección del 5 de febrero del 2006, conforme a los decires de algunos cabezas calientes, se había fraguado un fraude, que yo, contradiciendo lo escrito en 1997, rechazaba. Cualquier chiquito podría extraer de aquí dos conclusiones: una, en 1997, comenté duramente lo ocurrido en el PLN, que, por cierto, algunos inventores de fraudes, hoy, callaron, como callaron las graves desviaciones de no pocos dirigentes del PLN, desde los tiempos ominosos de Robert Vesco, y antes, hasta el dique flotante. ¡Cuántos bazucazos sufrimos! Otra conclusión: si se reconoce la gallardía moral y legal del TSE, en 1997, al verificar y denunciar el fraude, con igual lógica se debe aceptar que ese mismo TSE es el que, ahora, rechaza toda posibilidad de fraude. ¿Es bueno el juez cuando condena y malo cuando absuelve? Lógica y una brizna de buena fe. El otro tema. El expresidente Rodríguez recurrió a la Sala IV por cuanto La Nación no publicó una aclaración suya, cuando un lector escribió, el 5 de diciembre del 2005, que el gobernante, ante las frecuentes fugas de la cárcel, en su administración, "había ordenado disparar a matar". La Sala IV ordenó la respuesta por cuanto, si bien había ordenado disparar, no fue a matar, sino respetando la inviolabilidad de la vida de las personas. El asunto se las trae por cuanto un gobernante costarricense no debe, en modo alguno, facultar públicamente a las autoridades para disparar en estas circunstancias. ¿Por qué? Por la naturaleza misma de la declaración y porque es absurda. ¿Cómo la interpreta un policía nuestro? Si es para asustar al recluso que huye, es un juego de pólvora. Si es a matar, es monstruoso. Y si significa tirarle al cuerpo, además de la desmesura, ¿cómo evitar que mate? De aquí precisamente la identificación literaria entre "disparar" contra un prófugo, en el plano teórico, y "disparar a matar", en la realidad, como lo interpretó el lector. Amén.
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