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Polarizada, insurrecta. Como si fuese relación sadomasoquista, dicen que lo aman, pero lo están matandoFernando Araya Conviene, antes de referirme al tema de este comentario, dejar planteada, a propósito del reciente proceso electoral, una distinción sutil, pero decisiva, entre las observaciones y críticas razonables y atendibles que los magistrados del Tribunal Supremo de Elecciones han abordado y abordarán en el futuro; y la torcida intención de cubrir el conjunto de la tradición electoral costarricense bajo el manto de la deslegitimación sistemática. Lo primero es constructivo y, de seguro, conducirá a introducir mejoras en la normativa y procedimientos del sistema electoral; lo segundo, en cambio, se origina en una matriz ideológica que privilegia la confrontación y utiliza las imperfecciones, reales o ficticias, como oportunidades para materializar su inherente negatividad y su vocación de barricada. A esto último, que amenaza con sepultar la esperanza de renovar, modernizar y enriquecer la vida social costarricense, me refiero a continuación. Estructura mental. La sociedad nacional no está polarizada, no se encuentra al borde de una insurrección y no requiere clarividencias mesiánicas para comprender su presente y bucear en el futuro. Existe, ciertamente, una estructura mental en sí polarizada, insurrecta y con pretensiones de clarividencia, según la cual el país se haya en la antesala de un conflicto social violento. Este enfoque sustituye los hechos con los deseos de quienes cultivan estados emocionales marcados por una negatividad falsamente redentora. No otra cosa se desprende de las declaraciones que amenazan con propiciar confrontaciones violentas a propósito del TLC e insinúan que en el recién concluido proceso electoral se consumó un fraude administrado por los jueces del Tribunal Supremo de Elecciones. Obsérvese que tales planteamientos se originan, en no pocos casos, dentro de ámbitos personales y grupales, donde nunca se ha creído en las instituciones democráticas liberales y, por el contrario, se las define como estratagemas para ocultar una dictadura clasista. Lo anterior explica el intento de deslegitimar no solo el último resultado electoral, sino también la totalidad de los procesos electorales anteriores, así como la transformación del TLC en un asunto de vida o muerte y la proclamación de la calle como el lugar donde se decidirá el futuro de Costa Rica. La mentalidad insurreccional que subyace a estos postulados convierte cualquier tema en la antesala de alguna idílica salvación, en cuyo nombre no sorprendería escuchar alucinantes llamados a la inmolación. Descomunal incoherencia. El infantilismo insurreccional reseñado propicia la división y el conflicto, pero se autodeclara pacifista y amante de la concordia. ¿Es confiable semejante incoherencia? Los pacíficos pacifican, los libres liberan, quienes dialogan consigo mismo pueden dialogar con otros. Si estos rasgos no existen es totalmente improbable que las retóricas, incendiarias o no, suplan la ausencia de racionalidad y sentido común. Resulta lamentable que la estructura mental referida se haya introducido en un movimiento cuyas características lo ubican como interlocutor constructivo y positivo de la dinámica política. El crecimiento de un nuevo centro reformista, fundado en la ética y el conocimiento, y la convergencia de sus actores principales, es el escenario que evita la confrontación y permite a la sociedad evolucionar con sentido ascendente y positivo. Conviene, por lo tanto, interiorizar el siguiente hecho: seguir haciéndole el juego al infantilismo insurreccional equivale a una capitulación voluntaria que facilita, a los feudos del pasado, su ansiada meta de relanzarse. Este infantilismo se encuentra agazapado en uno de los actores del nuevo reformismo y trabaja para utilizarlo en su beneficio. Como si fuese una relación sadomasoquista, al mejor estilo freudiano, dicen que lo aman, pero lo están matando.
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