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La guerra de las mafias

Un monopolio del crimen que se fundamenta en disciplina, tecnología y alianzas

Alejandro A. Tagliavini


Alejandro A. Tagliavini es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity

San Pablo volvió lentamente a la calma después de tres días de guerra que dejaron más de 130 muertos. Según el diario Folha, los líderes del Primer Comando de la Capital fueron los que decidieron poner fin a la violencia, tras negociaciones con el Gobierno.

"Estamos en guerra", reconoció la Policía. Después de los primeros ataques, el 12 de mayo, en represalia del PCC por el traslado a prisiones de máxima seguridad de 765 presos, siguieron más de 200 atentados contra policías, bancos y ómnibus, y motines en cárceles.

El PCC es una estructura, un sindicato del crimen, nacida en las superpobladas cárceles estatales, que no podría existir sin este sistema carcelario y sin la corrupción de las propias autoridades. Es una formación que monopoliza el crimen con base en disciplina, tecnología y alianzas, donde se aglutinan traficantes, ladrones y secuestradores.

Meses atrás, el 64,16% de los electores brasileños rechazó la idea de prohibir la venta de armas en el referendo convocado con el argumento de reducir la violencia. En Brasil hay 40.000 homicidios anuales (20% del total mundial), 32.000 por armas de fuego.

Caldo de cultivo. Supuestamente, el Estado debería ocuparse de la seguridad. Pero los populistas lo han agrandado y convertido en una masa deforme, que carga sus costos sobre la sociedad y la sume en la miseria, excelente caldo de cultivo para todo tipo de infracción o crimen. Delitos que después es incapaz de controlar, y utiliza su poder de policía como herramienta solo para sostener su régimen corrupto.

El presidente Lula, tan salpicado por casos de corrupción que solo le resta "el sombrero de patrón del crimen o de inepto. ¿Cuál de ellos le sirve?", según la revista Veja, no convenció a los electores de votar SÍ a la prohibición. "¿Usted cree que el referéndum va a evitar que los delincuentes compren armas?", preguntaban los que se oponían.

Quizás el más incoherente entre los que apoyaban el SÍ, fue el "teólogo" Leonardo Boff, que escribió: "En Brasil mueren por armas de fuego cerca de 100 personas por día y otras tantas se quedan parapléjicas... una devastación mayor que las guerras de Iraq y de Afganistán juntas". Ahora: "¿Cómo enfrentar esto...?", preguntaba, y se respondía: "Votar sí significa un paso más en la búsqueda urgente de una cultura de paz".

Este fue el primer plebiscito obligatorio de la historia de Brasil. Es decir, por primera vez, ¡el Estado utilizó su poder de policía (sus armas) para obligar a los ciudadanos a votar contra las armas!

¿Cultura de la paz? "Violenta fue la colonización... la esclavitud... el Imperio... la República que hasta hoy mantiene a cerca de 50 millones en la pobreza y en la exclusión", prosiguió Boff. Y tiene razón: el Estado con su poder de policía, con sus armas, impone leyes (como los salarios mínimos que provocan que los empresarios no contraten a los más humildes) violentando la natural libertad del mercado, empobreciendo a la sociedad y alentando la corrupción, el delito y la violencia para luego pretender, violentamente, con prohibiciones forzadas con sus armas, controlar la violencia.

"A nadie se le ha concedido. la libertad de poseer un instrumento capaz de quitar la vida a un hijo... de Dios", asegura Boff, y me pregunto por qué el Estado sí puede arbitrariamente imponer sus armas aun cuando son corruptoras.

Hay que desterrar la violencia, precisamente empezando por eliminar la del Estado, con sus imposiciones y prohibiciones.

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