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EDITORIAL

Los nexos con Venezuela

Las oportunidades que se abran no deben estar condicionadas políticamente
Nuestra política exterior debe partir de claros intereses y sólidos principios


En su breve visita a San José, el pasado jueves, luego de acompañar al presidente Hugo Chávez a Panamá, el canciller de Venezuela, Alí Rodríguez, se reunió con nuestras más altas autoridades y planteó un listado de ofertas al país, entre las que están la activación del llamado "Acuerdo Energético de Caracas", que nos permitiría adquirir petróleo mediante una línea de crédito con bajas tasas de interés; la posible compra de bonos del Ministerio de Hacienda; la apertura, en el marco del "Acuerdo de San José", de una línea de crédito por $80 millones, siempre que estos vayan destinados a contrataciones con empresas venezolanas, y hasta la eventual participación de la compañía estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) en una refinería en Moín.

Si estas propuestas se comparan con los exuberantes anuncios y promesas a que es dado Chávez, quien siempre viaja, habla o presiona con su abundante chequera de petrodólares, el planteamiento de su Canciller, su colega Bruno Stagno y al presidente Óscar Arias, resultó relativamente sobrio. Aun así, la coyuntura que se abre con la iniciativa debe llevarnos a definir con mucha claridad la índole y el rumbo que deben tener nuestras relaciones con Caracas, de modo que podamos beneficiarnos de las buenas oportunidades que se abran, pero dentro de un marco de absoluto respeto mutuo y de acuerdo con la clara noción de que Costa Rica nunca debe prestarse a los designios de la política exterior venezolana, que van dirigidos, esencialmente, a exacerbar confrontaciones, promover el populismo, fomentar la irresponsabilidad económica y erosionar las instituciones básicas de la democracia.

En cualquier circunstancia, pero especialmente en la estrategia frente a regímenes de naturaleza autoritaria e impulsos intervencionistas, como el de Chávez, nuestra Cancillería debe, a la vez, promover los intereses nacionales (sobre todo de largo plazo) y ser fiel a los principios de adhesión a los derechos humanos, la democracia y el derecho internacional, que -con algunas desafortunadas excepciones- han sido la guía de nuestra proyección hacia el mundo. Esto implica que debemos valorar los planteamientos del canciller Rodríguez como una oportunidad que se abre al país, pero, a la vez, como parte de un esquema que podría estar destinado a condicionar o incidir en nuestras posturas o votación en los organismos internacionales.

Dos de las propuestas (la de intereses preferenciales para el petróleo y el financiamiento de contratos con empresas venezolanas) se producen en el marco de sendos acuerdos multilaterales de vieja data, que permiten aislarlas relativamente de humores o presiones directos; en este sentido, son las que ameritan el mayor interés y más rápido seguimiento. Pero sus otras dos ofertas son más riesgosas y casuistíticas y, además, pueden convertirse en elementos distorsionantes de nuestra política exterior. Por ejemplo, la eventual participación de PDVSA en una nueva refinería tiene aires de simple ocurrencia, y podría contradecir los serios planes energéticos en desarrollo con Centroamérica, Panamá, México y Colombia. La eventual adquisición de bonos de Hacienda, además de requerir la autorización del Congreso para una nueva emisión de deuda externa, podría dar a Venezuela una inconveniente capacidad de presión sobre nuestras finanzas públicas, sin que, en realidad, haya necesidad de su padrinazgo para -si fuera necesario- tener acceso a más capital internacional.

Todo lo anterior hay que tomarlo en cuenta al decidir. Pero, no importa cuáles sean las respuestas y resultados definitivos, el país debe rechazar con firmeza cualquier presión para alinearse con Chávez en política hemisférica, o para apoyarlo en sus pretensiones de escalar posiciones en organismos internacionales, como, próximamente, convertirse en miembro latinoamericano no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por afinidad y solidaridad centroamericana, nuestro voto en este caso debe ser para el otro candidato: Guatemala.

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