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Ojo crítico Rodolfo Cerdas La queja ante el Vaticano del presidente Arias contra monseñor Barrantes es una pifia garrafal. Es otro paso en la ruta equivocada que lo llevó el día de la toma de posesión -y no precisamente por comodidad- a dar gracias a Dios en la Nunciatura y no en la catedral. Ir a acusar al Arzobispo y a la Conferencia Episcopal por sus opiniones es, además, un irrespeto. Esas diferencias sobre el TLC no son de Estado sino de gobierno y deben discutirse en los foros y términos correspondientes. Reportar a la Iglesia en Roma porque los criterios difieren sobre la conveniencia y oportunidad del TLC -!mírala eh, mírala eh!- equivale a ir donde la niña Cris, o donde mami, o, ya de grandes, donde los dueños de periódicos o ahora el cardenal Sodano, a reclamar por un juguete que no se supo ganar. Las relaciones Estado e Iglesia son delicadas. Ya en el pasado hubo algún roce muy grave, tanto que de él nadie quiere acordarse. Fue cuando la Junta de Gobierno intentó quitar al ahora bien amado monseñor Sanabria como obispo de San José y jefe de la Iglesia. El incidente se produjo en la catedral el 16 de enero de 1949 cuando monseñor Alfredo Hidalgo, vicario de San José, protestó por las persecuciones que hacía la Junta contra los vencidos en la guerra civil. De inmediato, el Gobierno protestó de manera oficial, pero monseñor Sanabria contestó que él y el Vicario eran uno y estaban totalmente de acuerdo. La represalia de la Junta fue inmediata: intrigó para firmar un concordato con el Vaticano, que le permitiría desplazar a monseñor Sanabria a Cartago y colocar al muy figuerista padre Salazar como obispo de San José y nuevo jefe de la Iglesia. Aunque, por muchas razones, la acción era repudiable, se podría explicar porque se daba en medio de una gran reforma social, una guerra civil, pactos incumplidos de la Embajada de México y Ochomogo y una persecución inicua de los vencidos. Pero esta acción de hoy es injustificable. Además de inútil y provocadora, ha exhibido al gobierno como berrinchoso y acusetas, publicando, urbi et orbi, su irrespeto y falta de consideración. Ha mostrado al Presidente quejándose ante quien no debía pues, como jefe de la diplomacia vaticana, el cardenal Sodano no rige a la Iglesia local. Y ha enturbiado la visita al Papa, espiritual y excelsa, con salpicones de TLC, de azúcar, etanol y finanzas. Nunca es tarde para rectificar. Pero para hacerlo bien, y de manera sostenible, como diría el Estado de la nación, hay que recordar que en la Divina Comedia no hay ningún círculo donde se castigue a quienes pequen por humildad.
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