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Encuestas en el centro del debate Las encuestas dan información, mas su efecto en la decisión del voto es imperceptibleDaniel Zovatto y Manuel Mora y Araujo Diversas son las razones por las que las encuestas de opinión están cada vez más en el centro del debate. Tras alcanzar un gran protagonismo como fuente de información mediática sobre las preferencias del público, en la percepción de la mayoría se han vuelto no sólo imprescindibles sino también poderosas. No obstante, les alcanza la desconfianza generalizada hacia todo aquello que llega a tener notoriedad pública y la incomodidad de ser testigo implacable de toda tendencia social; desconfianza que invade las encuestas en ambos planos. Por un lado, se las supone al servicio de intereses políticos; por otro, su veracidad está crecientemente en tela de juicio. Periodistas, dirigentes especialistas en las ciencias sociales y, desde luego, muchos ciudadanos comunes, expresan dudas sobre el método de la encuesta por muestreo. Es frecuente que se juzgue a las encuestas por los pronósticos electorales y, cuando estos fallan, todos los argumentos en contra encuentran su ratificación. Entonces, si el método es imperfecto, ¿por qué confiar en ellas? Y si no lo es, ¿por qué fallan? ¿Será porque podría pensarse que son tendenciosas y parciales? Los profesionales en encuestas a menudo contraargumentamos, pero el debate no termina por zanjarse. Algunos problemas prácticos, específicos, complican aún más las cosas. Conviene repasar esos argumentos y apreciar cuál es el cuadro de la situación actual. Estado del debate actual. El método de la encuesta por muestreo no está realmente en discusión, se sostiene en la teoría de la probabilidad, la teoría estadística y la de medición de actitudes. La técnica utilizada para aplicar este método en cada caso muchas veces adolece, efectivamente, de algunos problemas. Puede ser que un avión se caiga, pero tal incidente no pone en cuestión la teoría física, sino la calidad técnica de ese avión en ese momento. ¿Cuál es la razón, entonces, de que a veces fracasen los pronósticos electorales (como ha ocurrido, por ejemplo, recientemente, en Bolivia con algunos pronósticos, en Costa Rica e Italia). Hay dos causas principales del mal resultado: en ocasiones, la técnica de muestreo no se aplica con rigor, sea por razones de premura o de reducción de costos (en las encuestas, como en tantos órdenes de la vida, rige el principio de que la calidad cuesta más); otras veces, la causa es que el electorado es en extremo volátil y pasa por varios estadios hasta el último momento. De ahí la importancia de que los responsables de las encuestas pudieran siempre advertir sobre las limitaciones que encontraron en cada caso, y registrar esa volatilidad de los votantes e informar sobre ella. Lamentablemente casi nunca lo hacen. Dejemos algo en claro: la proporción de fracaso de los pronósticos electorales es menor que la de los pronósticos meteorológicos. En los últimos años, el examen de todas las encuestas serias publicadas en vísperas de elecciones revela un cuadro muy alentador; pero el ruido que se genera ante algún fracaso puntual desdibuja ese cuadro. Otro tema no menos importante es que, ciertas o no, las encuestas parecen constituir una amenaza a la transparencia de los procesos electorales. El supuesto es que los votantes pueden sentirse fuertemente influidos por ellas, en detrimento de su libertad de criterio para juzgar las propuestas de los candidatos. Por consiguiente, en muchas partes hay quienes demandan regulaciones estrictas de la difusión de encuestas. Las regulaciones pueden ser de dos tipos: auditorías públicas metodológicas y restricciones a la difusión pública de las encuestas. Toda la evidencia disponible hasta ahora conduce a una sola conclusión: el remedio es siempre peor que la enfermedad. Ningún ente burocrático controla mejor la calidad de una actividad profesional que la misma comunidad de profesionales. Sin embargo, en esta línea de pensamiento, hay algo que puede hacerse. Nosotros mismos hemos sugerido en diferentes foros y oportunidades que la información de todas las encuestas publicadas se deposite en soporte magnético en alguna fuente confiable autónoma: la justicia electoral, si es confiable, o alguna ong o una organización de escribanos, entre otras. Eso echaría un manto de confianza sobre la credibilidad de la información; en caso del fracaso del pronóstico, será más fácil averiguar qué lo causó. Difusión de las encuestas y su impacto. Con respecto a la restricción de la difusión de encuestas, en casi todas partes rige la veda de dos días previos a la elección, pero en algunos países la prohibición se extiende a periodos más largos. El efecto es absolutamente nulo. En la sociedad de la información en la que vivimos, con el uso extendido de Internet, con flujos de comunicación que operan en tiempo real en todo el mundo, es virtualmente imposible lograr que una información no circule. Por otra parte, siempre hemos sostenido que restringir la circulación pública de las encuestas, pero no la privada, es en esencia un acto antidemocrático: permite a los dirigentes disponer de información acerca del público y tomar decisiones, mientras el público es condenado a la ignorancia sobre lo que le concierne. Después de todo, ¿cuál es el daño que provocan las encuestas en un proceso electoral? La campaña electoral es un proceso de comunicación donde, vale decir, comunican los candidatos y los partidos, los medios de prensa, los analistas y los comentaristas políticos, como también, a veces, lo hacen algunas organizaciones sectoriales (empresariales, sindicales, religiosas), la publicidad de las campañas y las encuestas. Nadie ha demostrado que las encuestas tengan más influencia que cualquiera de las otras fuentes; mucho menos que su influencia sea más perniciosa. Aun admitiendo que a veces la información de las encuestas puede no ser fidedigna, con frecuencia el público atribuye mucha menos credibilidad a los candidatos, a la prensa y demás, y no por ello se busca limitar la difusión de esos mensajes. No hace mucho, el consultor mexicano Roy Campos expuso los resultados sobre la influencia de las encuestas electorales en el voto: se concluyó que su efecto en la decisión del voto de los ciudadanos es imperceptible. Debemos pensar, por lo tanto, que las encuestas son útiles para algunos votantes, los más atentos o informados sobre el curso de una elección, sin que de ello pueda extraerse que todos hacen uso de las encuestas de la misma manera (por ejemplo, volcándose a favor del candidato que esté más arriba, que es lo que más a menudo se piensa que ocurre). Para la mayoría, sin embargo, las encuestas son más inocuas que la publicidad televisiva, que la opinión de algunos líderes o de los mismos candidatos. Según Robert Worcester, especialista inglés: el supuesto de que los discursos de los candidatos influyen en los votantes es quizás una ilusión; no hay duda de que las encuestas influyen aún menos en la decisión de voto de cada ciudadano.
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