|
|
|||||
|
|
Comentario del evangelio: La barca vapuleada P. Mauricio Víquez Lizano Repetidas y fuertes son las tormentas en el lago de Galilea. Un dato muy conocido por todo pescador que frecuentemente realiza allí su labor diaria. Hechos reales que dan relieve al relato de autor sagrado. Los elementos marinos representan, en la Escritura, el lugar de las fuerzas del mal. Ya en las cosmologías babilónicas uno de los dioses había vencido al mar y lo mantenía bajo sus riendas. Israel atribuyó la función de subyugador de las aguas a Yahveh y según el modo de comprender el cosmos en la época, la tierra reposaba, asentada sobre columnas, apoyada en el mar inferior. El triunfo final de Dios implicará el final del océano (cf Ap 21,1). En el relato de Marcos, Jesús toma el relevo de Yahveh y domina sobre el viento y las olas. Una gran liberación experimentan los discípulos ciertamente, aunque al autor sagrado le interesa de modo superlativo poner de relieve otro aspecto: dar ánimo a la Iglesia en uno de sus peores momentos. Era tiempo de persecuciones y de fuertes angustias que la diezmaban. Las comunidades cristianas primitivas, golpeadas por persecuciones que, con frecuencia, eran verdaderas masacres, veían en el mar enfurecido la imagen de todas las vejaciones que tenían que soportar. La barca de Pedro combatida por la tempestad se convertiría desde entonces en signo de la comunidad eclesial expuesta a los mil peligros propios de su agitada travesía por la historia. Impresiona de modo particular el sueño de Jesús. Está y no está. Deja a los suyos hacer, confía en su pericia a pesar de todo. Aunque al final deba reclamar precisamente por la incapacidad y la falta de fe mostrada por los suyos. Y las cosas hoy, ¿cómo marchan? Hay que decir que en realidad han cambiado poco. Jesús sigue en la barca: está y no está. Confía en los suyos y éstos, con suma frecuencia, no están a la altura de las circunstancias. El mar enfurecido sigue siendo una prueba, y aunque ya no se trata necesariamente de masacres, pues formas nuevas y más sofisticadas son las que hacen estrago en el seno de la Iglesia, se hace siempre necesario rogarle al Señor que nos salve y diga al poder adverso: "¡Silencio, cállate!" (v.40). Ya no es el Coliseo, Nerón o anticristo físico alguno. Hoy es una cultura que sopla en sentido contrario, intereses económicos que atentan contra la verdad y la barca, flojera apostólica que abandona frentes y pacta con las fuerzas contrarias. Hacemos agua ciertamente y la salida parece clara: audacia con menos cobardía. ¡Depende de nosotros!
|
Enlaces comerciales: |
|||
|
© 2006. LA NACION S.A. El contenido de nacion.com no puede ser reproducido,
transmitido ni distribuido total o parcialmente sin la autorización previa y por escrito del Grupo Nación GN S.A. Si usted necesita mayor información o brindar recomendaciones, escriba a webmaster@nacion.com Apartado postal: 10138-1000 San José, Costa Rica. Número telefónico: (506) 247-4747. Fax: (506) 247-5022. |