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Foto Principal: 990017
/LA NACIÓN

Tres casos resueltos

Hay obligación moral de ayudar al que se encuentra en estado de necesidad

Guillermo Malavassi V.


1. Mi amigo, alto, corpulento y generoso, escuchó gritos de terror y dolor cerca de su casa. Indagó y le informaron que allí cerca un padre de familia acostumbraba castigar a su hijo de edad escolar, cuando cometía una falta, amarrándolo de un árbol y azotándolo con un alambre de púas.

Mi amigo le advirtió a ese padre de familia que no hiciera más eso. El padre se molestó mucho. Mi amigo le advirtió: si vuelve a hacerlo yo voy a intervenir.

Días después mi amigo escuchó los gritos espantosos del niño. Corrió a la casa del hombre cruel, abrió a la fuerza la puerta, pasó al cerco y allí vio la escena increíble del castigo. De un solo puñetazo tiró al hombre al suelo, le arrebató el alambre y le dio una azotada: para que sepa lo que duele.

El hombre lo amenazó con acusarlo. Mi amigo le dijo: se lo advertí. Haga lo que quiera.

Nunca más volvió el hombre a azotar a su hijo. Ni tampoco acusó de allanamiento a mi amigo.

A los que abusan de los débiles hay que golpearlos fuertemente en la nariz.

2. Hace bastantes años, en horas de la noche, desde la casa de mis suegros, que de Dios gocen, se escucharon los alaridos de una mujer que pedía auxilio. Corrimos allá mi suegro y yo. Tocamos la puerta. Los gritos seguían. Forzamos la puerta y entramos. El marido, un poco borracho, golpeaba a la mujer, que protegía a los hijos pequeños, y la amenazaba con un cuchillo. Le hablamos para que se sosegara. No atendió. Entonces lo agarramos a la fuerza, lo amarramos desde el cuello hasta los pies. Trajimos un camión, lo echamos bien amarrado en el cajón, lo fuimos a entregar a laPolicía e hicimos la denuncia.

Nunca más volvió ese hombre, amedrentado por lo que le pasó, a amenazar ni a pegarle a su mujer. Y hasta cambió para bien, hasta la fecha.

3. Bastantes ladrones actuaban en el barrio, mucho antes de los actuales planes de organización de vigilancia con la Policía. Se organizó la comunidad: se recogieron algunos fondos, se compró una sirena que se instaló, con cuatro parlantes hacia los cuatro puntos cardinales, en lo alto de una torre, se repartieron garrotes de buen calibre y pitos entre todos los vecinos, se distribuyeron los números de teléfonos de los vecinos entre todos y se dieron las normas de acción: tan pronto sonara la sirena, a cualquier hora del día o de la noche, debía ponerse atención al mensaje que se diera por los parlantes y acudir inmediatamente y a toda carrera, al sitio donde estaban en acción los ladrones.

Después de detener civilmente a varios, de esposarlos y de entregarlos a la Policía, a veces previa persecución de varios kilómetros, no volvieron a asomarse por el barrio. Todos los vecinos resguardaban las casas de todos. Si alguno dejaba la casa sola, otros patrullaban cuidándola en su ausencia.

En alguna ocasión, a mediodía, constituyó un espectáculo notable ver a una docena de vecinos corriendo y sonando a todo pulmón los pitos detrás del ladrón; tanto se asustó el hombre que alzó las manos y se rindió pidiendo que dejaran de sonar los pitos.

Así prácticamente terminaron los muchos robos.

Está más cerca del problema la comunidad que la autoridad.

Si se construye tejido social, así se defiende a la comunidad, y los delincuentes son los que temen.

Hay obligación moral de ayudar al que se encuentra en estado de necesidad.

Facta, non verba (hechos, no palabras).

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