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Todo el mundo roba Mauricio Martínez S. mmartinez@nacion.com "En este país todo el mundo roba". Este es un triste dicho al que algunos echan mano para justificar la corrupción y los actos ilícitos, en menor o mayor grado, tanto en la función pública como en el sector privado. Es una especie de consigna que, desgraciadamente, nos está haciendo mucho daño. La magnitud de los robos (actos violentos) o los hurtos (sin que medie la violencia), es tal, que ni siquiera los buenos samaritanos quedan a salvo. Una de las acciones más censurables ocurrió el pasado lunes cuando un equipo médico de la Clínica del Dolor se disponía a atender a una paciente en estado terminal, en Concepción Arriba, Alajuelita. Mediante el "bajonazo", varios maleantes -no encuentro otro calificativo para ellos- intimidaron al personal médico, lo despojaron del vehículo y de materiales para curaciones como gasas, jeringas, tomas de vías y bolsas con suero. Como vemos, el descaro no tiene límites. Pero si de "astucia" se trata, los ticos también se las traen. Hace un par de semanas quedamos estupefactos con el robo de 24 armas de la delegación de la Fuerza Pública en Guácimo. Como si fuera un "enlatado" policial de televisión, uno de los oficiales de la propia delegación enterró las armas en la propiedad de un familiar. Dichosamente quedó en evidencia cuando un compañero lo escuchó hablar por teléfono y ofrecer unos "15 huevos" que tenía enterrados y "a muy buen precio". Con un poco más de tacto, cuatro osados, encapuchados y protegidos por la noche, se robaron a "toda máquina" un cargador de la Municipalidad de Puntarenas. La rápida alerta de un vigilante municipal y la escasa velocidad del vehículo dieron al trate con el robo. Poco después se capturó a una parte de la banda. Y para continuar en el campo de las sustracciones inauditas, otra banda se llevó el sismógrafo de la Universidad Nacional instalado en Punta Banco de Pavones, Golfito. Sin embargo, estos genios optaron por dejar tirado el aparato principal y se llevaron solo el panel solar y la batería del sensor sísmico. Aún no tengo muy claro para qué les podrían servir ambos aparatos. Sí, el irrespeto a las cosas ajenas y a la dignidad de las personas no tiene límites. Estos casos parecen confirmarlo, pero quiero pensar que son excepciones a la regla.
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