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Nueva espiral de violencia El conflicto israelí-palestino parece enrumbado hacia la tragediaLos choques entre Hamás y Fatá han empeorado el crítico panorama El conflicto israelí-palestino se ha precipitado, nuevamente, en una sombría espiral de violencia, que en pocos días ha cobrado decenas de vidas y ha producido severos daños políticos, económicos y sociales. Si no logra detenerse con rapidez, algo que hoy se ve sumamente difícil, podría conducir a resultados aún peores para ambos pueblos, en especial el palestino, y para la estabilidad del Medio Oriente. Como una de las manifestaciones del agravamiento de la crisis, se han reanudado las hostilidades entre el Gobierno israelí y los grupos extremistas palestinos. Su detonante fue la muerte, el viernes, tras un presunto ataque con fuego de artillería, de ocho civiles palestinos que disfrutaban de una playa en la franja de Gaza. El hecho fue atribuido a Israel y condujo a que, casi de inmediato, el ala militar de Hamás, cuyo brazo político controla el Gobierno palestino, anunciara el fin de una virtual tregua de 16 meses en sus acciones. Aunque el ejército israelí ha negado responsabilidad en los hechos, no ha presentado adecuadas pruebas para sostener su versión, y la violencia escaló aún más el martes, cuando un bombardeo destinado a aniquilar a dos dirigentes de la Yihad Islámica (otro grupo extremista) cobró, también en Gaza, la vida de 11 palestinos, entre ellos siete adultos civiles y dos niños. La violencia ha venido aumentando, de forma paralela, entre las dos principales agrupaciones político-militares palestinas: Hamás, a la que pertenece el primer ministro, Ismail Haniyeh, y Fatá, que encabeza el presidente Mahmud Abas. Desde que los primeros triunfaron rotundamente en las elecciones legislativas de enero, las conocidas tensiones entre ambos grupos se hicieron más evidentes, sobre todo por la persistente negativa de Hamás a reconocer a Israel y, consecuentemente, su rechazo a cualquier esfuerzo negociador, algo que contradice la dirección por la que Abas ha venido propugnando desde la Presidencia, con el respaldo de su agrupación. De la fuerte disputa política ya se ha pasado a los choques de turbas, la toma de oficinas públicas y los enfrentamientos armados entre las fuerzas de seguridad de cada facción. El saldo, durante los últimos meses, ha sido de 23 palestinos muertos. Abas ha intentado tomar la iniciativa política mediante la convocatoria a un referéndum consultivo, fijado para el 26 de julio, sobre el reconocimiento a Israel. En parte ha logrado su propósito, pero el anuncio ha atizado aún más la violencia intestina. En el trasfondo de tan grave situación, tanto la franja de Gaza como Cisjordania están próximas al colapso económico. La administración pública está virtualmente paralizada después que estadounidenses, europeos y otras fuentes internacionales cortaran su ayuda ante la negativa de Hamás a reconocer Israel. La mayoría de sus empleados lleva tres meses sin recibir salarios. Los servicios públicos están en un estado deplorable. Y las actividades comerciales y financieras se han reducido drásticamente, como consecuencia de los menores ingresos internacionales y de la violencia que afecta a los principales centros urbanos. Israel, por su parte, persiste en sus desproporcionadas reacciones militares y en la intención de fijar unilateralmente sus fronteras, una medida que contradice la búsqueda de una estabilidad a largo plazo. ¿Habrá alguna salida a esta complejísima situación o, al menos, una posibilidad de que cese la violencia? El deseo es que sí, pero las señales cada vez apuntan más en el sentido contrario: un deterioro aún mayor, que podría conducir a una virtual guerra civil entre los palestinos, a un endurecimiento de todas sus facciones, a mayores hostilidades contra Israel y a respuestas aún más destructivas e indiscriminadas de su parte. Es, por desgracia, una ruta hacia la tragedia.
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