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Joven ha denunciado 23 veces a exnovio por violencia doméstica Mujer ha recibido palizas en la vía pública y una herida de arma blancaAgresor se libró de la cárcel al aceptar cargos y prometer portarse bien Otto Vargas M. ovargas@nacion.com A sus 22 años, el mundo de "Graciela" se circunscribe a su casa en un barrio del sureste de San José, donde vive atrapada. "Sería muy lindo trabajar y quizá estudiar en las noches, pero no puedo. Ni siquiera puedo salir a pagar el recibo de la luz. Estoy como en la cárcel", confiesa.
Desde julio del 2004, un vecino con quien mantuvo una efímera relación ha convertido su vida en un infierno. Las 23 denuncias presentadas ante la Fiscalía de Desamparados (ahí se acumulan 15 de las causas), el Juzgado Contravencional de Aserrí y el Juzgado Extraordinario de Turno no han alcanzado para alejar al agresor, de apellido Moya (de 25 años). El sujeto figura -o ha figurado- como sospechoso de violencia doméstica, amenazas de muerte, agresiones con arma blanca, daños a la propiedad, violación de domicilio y golpizas
"Mamá lo denunció la primera vez. Ella arreglaba unas matas en el jardín y vio cuando me pegaba. Luego todo empeoró. A veces no me dejaba entrar al colegio; en otras me sacaba y me despedazaba los bolsos. A casa llegaba moreteada. Me pegaba en cualquier parte; nunca le importó lo que dijera la gente", relató la muchacha. Indefensa. "Graciela" es menudita. En su rostro aún están presentes los rasgos de una niñez no muy lejana. Esa fragilidad es su principal desventaja. Las medidas de protección dictadas en su favor nunca alcanzaron para salvaguardarla. Las amenazas de muerte se han vuelto una constante, así como los daños contra su casa. Una y otra vez, los ventanales de su vivienda terminaron convertidos en trozos de vidrio; el jardín de su casa, devastado a machetazos. A su familia, el sujeto la ha dejado sin agua, teléfono ni luz, sin contar los llavines que obstruyó. Los jueces le han ordenado mantenerse a 600 metros de la muchacha, pero eso nunca se ha cumplido: Moya vive a tres cuadras. "Se escondía entre los árboles para esperarme. Lo he encontrado en mi cama, en el baño; en el patio... Una vez me quemó el colchón. "Mamá ha tenido que pedir prestado dinero para arreglar las puertas porque él las agarra a patadas. Para mí las noches son un infierno", relató la víctima. "Graciela" lleva en sus piernas la cicatriz que le dejó un arma blanca. Ese fue el "regalo" que el exnovio le dio el día de su cumpleaños. "Como en su casa hay humedad, lavan las paredes con cloro y yo me llené. Por eso se enojó. Me dijo: 'Dejá de jugar de loca'. Trajo un cuchillo de la cocina y me hirió". Lo mismo hizo con la madre de la joven, y por ese caso resultó sentenciado a una pena carcelaria. El 8 de julio del 2005, el Tribunal de Juicio de Desamparados llamó a cuentas a Moya por desobediencia a la autoridad (por no acatar la orden de mantenerse a distancia), violación de domicilio y agresión con arma en perjuicio de la madre de "Graciela". Ataque. A la señora, el agresor le hizo un corte en el antebrazo, un día de febrero del 2005 en el que, presa de la ira, el tipo llegó a buscar a la muchacha. Los jueces le impusieron un año, dos meses y 15 días de prisión (según la sentencia 261-2005), pero le concedieron el beneficio de gozar de libertad a cambio de cinco años de buen comportamiento. Moya aceptó los cargos. La promesa de buena conducta no tardó en romperse. Desde entonces, la joven ha denunciado nuevas agresiones. "A Dios le he pedido que él no vaya a la cárcel por mi culpa, aunque temo por mi vida. A cada rato me dice que me ve bajo el hueco (enterrada)". "Graciela" vive con su madre, su abuela y un hermano menor. Durante el 2005, los jueces tramitaron 47.242 solicitudes de protección. "Tenemos un Poder Judicial saturadísimo de expedientes. Hay funcionarios que hacen lo posible hasta donde les da la cobija. Nuestro sistema judicial está totalmente trabado", opinó John Brenes, representante legal de la muchacha.
En la Fiscalía le ofrecieron 'tarjeta de cliente frecuente' Otto Vargas M. ovargas@nacion.com "Graciela" se cansó de clamar por ayuda. La broma de un funcionario de la Fiscalía -le ofreció una "tarjeta de cliente frecuente"- la hirió en el alma. "Alguna gente ha sido buena conmigo. A veces me pregunto: ¿para qué denunciar? He pedido tanta ayuda... "¿Sabe qué me han recomendado? Que me vaya para un albergue o a un lugar lejano", dijo con voz entrecortada por el llanto. La última solicitud de medidas de protección data de las 12:30 a. m. del 24 de marzo, minutos después de que el sujeto la persiguiera cuando llegó al colegio a resolver un examen. El 30 de marzo, el agresor Moya fue notificado de la nueva medida, pero eso más bien lo irritó. Ese mismo día buscó a la joven y la atacó cuando llegaba a su casa. "Me bajé de bus y salí corriendo cuando lo vi. Me prensó la mano derecha con el portón de mi casa y me tiró al suelo. Comenzó a pegarme patadas por la cara y el estómago. El imputado, cada vez que me ve en cualquier parte, me pega, por lo que tengo que andar escondiéndome", consta en la denuncia. Pese a la gravedad de la manifestación, el Ministerio Público no solicitó prisión preventiva contra el agresor. El abogado de la familia, John Brenes, planteó esa sanción. Frustración. El representante de la joven lamentó oír de esta que en la Fiscalía hasta la han regañado por tantos reclamos. "Graciela es una sobreviviente de la violencia doméstica, pero ¿hasta dónde va a sobrevivir? Creo que está viva porque Dios es muy grande. "Ha quedado demostrado que las medidas cautelares no previenen. El sistema judicial es represivo y castiga a posteriori, cuando ya tenemos una víctima cubierta por una sábana", comentó. De acuerdo con Brenes, "Graciela ha pedido al sistema lo que el sistema no está en capacidad de darle: protección". "Aquí no hay de por medio (por parte de la familia) pretensiones económicas, sino evitar que a esta joven la maten", concluyó.
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