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Dios en el microscopio

Para Juan Pablo II, el hombre contemporáneo ha asumido cierta "soberbia filosófica"

José Antonio Montero Z.


La historia antigua y cercana ha ofrecido todo tipo de manifestaciones culturales, filosóficas o religiosas en la búsqueda de la verdad que explica el sentido de la existencia. Vale notar que, pese a que el deseo por conocer la verdad es parte de la naturaleza humana, surgen siempre dudas y dificultades que invaden el corazón y la mente del hombre y, como advirtiera Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio "de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia humana".

El hombre por el hombre, el epicureismo de Lucrecio al gnosticismo, de la apostasía al arrianismo, del jacobinismo al nihilismo, del materialismo -pasando por el nazismo y el comunismo- al relativismo, la lista es amplia pero los resultados los mismos hasta hoy.

Para Juan Pablo II, el hombre contemporáneo ha asumido una cierta "soberbia filosófica", viéndose tentado a considerar en lectura universal su propio pensamiento. Es decir, la perspectiva incompleta que conoce la identifica con una sola corriente general de ideas y hace de ella un modo limitado de proponer la cultura y ver la vida. Los ejemplos los tenemos hoy también: El evangelio de Judas, El código Da Vinci, los evangelios apócrifos (o cualquiera que sea descubierto), y cuantas supuestas "verdades ocultas" se "desenmascaren", son las novedades del pensamiento.

Se pretende explicar el mundo por el hombre y solo por él como único juez de sus decisiones, teniendo por ajena toda referencia trascendente. No conviene a esta corriente hablar de Dios, no se tiene por necesario. El relativismo, las verdades parciales o provisionales, la poca o nula contemplación para valorar la vida, la falta de referencias y "lo efímero a rango de valor", tratan de llenar el vacío existencial y de suplantar la esperanza humana en los recursos del conocimiento, la razón y el espíritu.

Endiosar la ciencia. He de sumar, a lo expuesto, la ciencia. Con el disfraz de "no tener por propósito desacreditar la fe" y de reponer el "grave daño al desarrollo del conocimiento científico" encontramos que quienes asumen esta "cultura" o corriente ligera de pensamiento hallan en la ciencia la supuesta verdad que lo explica todo.

De este modo, se pretende "meter a Dios" en un tubo de ensayo, en un microscopio, asumiéndose que lo que no sea respaldado por la ciencia no tenga valor alguno: como si la alegría pudiera ser demostrada en un prueba de sangre; como si la fe pudiera analizarse en un examen de rayos equis; o, como si la esperanza de no ser contemplada en un capítulo de un TLC sería extraña al intelecto y, por tanto, tendría que ser descartada del todo. La realidad científica plantea retos a la razón humana que esta no sería capaz de afrontar a menos que asumamos muchos de sus resultados como conjeturas temporales a los esfuerzos investigativos.

Debemos darle el lugar que ocupan y nada más. No podemos endiosar ni la razón ni la ciencia. La razón al servicio del hombre y de su corazón en la búsqueda de significado a su presencia en el mundo y también, como lo exhorta la Fides et Ratio, en una renovación de la mirada contemplativa del mundo al transformar el saber en sabiduría y de pasar del fenómeno al fundamento. La ciencia: un ideal. Y, parafraseando a Chesterton, "mientras el sabio quiere asomar la cabeza al cielo, el loco quiere meter el cielo en su cabeza".

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