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Respeto El respeto por la dignidad nos es inherente e inalienable por la sola condición humanaSaúl Weisleder No leí el libro, pero sí fui a ver la película. El lector se habrá percatado ya de que hablo de El Código Da Vinci. No soy proclive a las obras de ficción; en cuanto al cine, prefiero los dramas humanos, personales o familiares, los filmes de tema histórico y las buenas comedias; pero, en este caso, había que hacer una excepción, sobre todo, motivado por la columna de don Julio Rodríguez (16/5/06), en la cual establece el marco filosófico y ético con el que deben juzgarse ciertas obras. Don Julio tiene completa razón cuando afirma que hay ciertos límites que no deben traspasarse. Quienes compartimos un conjunto de valores básicos y principios para la convivencia social, no deberíamos transgredir algunas fronteras. Esto es particularmente cierto con relación a "lo sagrado". ¿Sagrado para quién? Para nosotros y para los otros. En materia de creencias religiosas o espirituales, debemos ser especialmente sensibles. Lo que es sagrado para unos, puede ser insignificante (en su sentido de carecer de significado) para otros; por eso, solo una sensibilidad particular que nos coloque en la posición "del otro", puede crear los lazos necesarios para que lo mío me sea respetado.
Valor supremo. Toda relación humana debe basarse en el respeto por la dignidad del prójimo, no importa quién sea él o ella. Cuando alguien traspasa el límite de ese respeto que es la dignidad humana, se coloca en falta con su propia condición humana. Y no importa la condición social, económica, política, de preferencia sexual o de capacidad intelectual del otro, el respeto por su dignidad le es inherente e inalienable por su sola condición humana. Ese es el más grande paso de la Humanidad en el siglo XX, al menos conceptualmente, aunque, en la práctica, ese logro, ese valor supremo fue (y es) pisoteado y negado todos los días. La publicación de caricaturas ofensivas de Mahoma agredió a millones de musulmanes, y, aunque la reacción orquestada en algunos lugares, movilizando fanáticos que hasta asesinaron a otras personas como "revancha", es absolutamente injustificada, no debemos ignorar el agravio que resulta de "jugar" con lo sagrado (para otros o para nosotros). El mensaje de conde-na al terrorismo no debió darse de ese modo. De similar manera, usar una trama ficticia, producto de un acomodo ingenioso de hechos históricamente ciertos con otros falsos, ficticios o dudosos, para agredir las creencias de millones de cristianos en el mundo, es un camino grosero y peligroso. Una ficción. Quien mira la película, se da cuenta de que es una construcción inteligente pero ficticia. Yo, que no gusto de la ficción, como dije, no me aburrí. Hay un suspenso relativamente bien logrado y la trama se desliza con facilidad; pero, claramente, es todo una ficción, una construcción basada en supuestos y episodios carentes de la certeza histórica que un argumento como el expuesto requeriría, sobre todo, para arribar a las conclusiones a las que algunos han querido llegar en relación con la Iglesia Católica y con algunas de sus creencias fundamentales. Por eso, más que problema de la película (o del libro), se trata, como es frecuente, del uso que para determinados propósitos han querido hacer algunos: lucha religiosa, de poder político, de enfrentamiento en torno a creencias o posiciones de la Iglesia Católica, en relación con temas contemporáneos. Estimo más importante investigar y difundir lo verdadero, lo armónico, lo que nos une, lo que nos hace más hermanos, lo que nos hace prójimos. Urge sensibilizar sobre lo que podemos hacer en bien de los demás, especialmente los desvalidos, los pobres, los discriminados; enseñar los horrores que se pueden derivar de la intolerancia. Practicar el verdadero respeto a las personas, el recto pensar, es una tarea que nunca acaba y que nos puede llenar de la íntima satisfacción que ningún dinero ni objeto material nos puede dar.
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