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En el Mundial

Me entretendría en la cocina preparando un cevichito, y eso calmaría mi angustia

Sonia Marta Mora Escalante


Corría 1990 cuando nos llegó a París la noticia de que Costa Rica estaría en Italia en la Copa Mundo. "¿De qué me estás hablando?". Debo confesar que recibí la noticia no solo con cierta incredulidad, sino con aprensión. ¿Cómo sería nuestro desempeño ante gigantes consolidados y con amplia experiencia internacional? ¿Qué podríamos esperar, con esperanza por supuesto, pero también con realismo?

Rehuía, con una dosis de temor, la idea de presenciar el primer juego. Las excusas no faltaban: estaba en la recta final de mis estudios de doctorado, no podía perder un segundo. Pero sucedió lo inevitable: los amigos más cercanos programaron venir a la casa de los ticos a ver el match. Solo me quedaba una coartada: me entretendría en la cocina preparando un cevichito para los visitantes, y eso calmaría mi angustia.

Todavía recuerdo las voces de alegría de un amigo nicaragüense ante los avances del primer juego, y mi preocupación por el tremendo ruido que todos producían en ese segundo piso de un edificio de las afueras de París en el que hasta los zapatos estaban vedados. Ya nos habíamos acostumbrado -sin experiencia en la vida de apartamento- a entrar de puntillas, evitar el lavado de platos nocturno, hablar en voz baja. en fin, una serie de reglas implacables y capaces de torturar a cualquier habitante de nuestras tierras.

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Incorporación. Cuando al siguiente día la vecina cambió de rumbo para aproximarse a mí, empecé a tramar una excusa verosímil. Pero ella, la más fría y distante ante esta familia de "fuereños", de acento inubicable y cultura no registrada, esa que siempre nos ignoraba por "extraños", por primera vez entonces me miró a los ojos. ¡Qué alivio para ella! ¡Acababa de descifrar, en el mapa del mundo, ese pequeñito trozo de tierra en el que habíamos nacido! Desde entonces dejamos de estar fuera de juego en el vecindario.

Todo cambió a partir de ese día: éramos les costariciens, veníamos de un país de Centroamérica en el que se hablaba español y en el que nacían muchachos valerosos. En la venta de quesos que frecuentaba los interrogatorios se hicieron largos: "¿Es cierto que es un país muy religioso?". "¿Dónde queda la ciudad de Limón?". "Me dicen que es una democracia consolidada.". Nos sentíamos orgullosos explicando que éramos un país sin ejército, que dábamos una gran importancia a la educación, que había una fuerte tradición pacifista y civilista que nos caracterizaba.

Mensaje de esperanza. En la prensa francesa se empezó a desarrollar un interés creciente por este "minúsculo" desconocido, y en el colegio los compañeros de nuestras hijas preguntaban por Medford, Cayasso y Gabelo Conejo, cuyos rostros se hicieron familiares por esos días para los aficionados. Poco a poco, Costa Rica pasó de ser uno de los grandes misterios del Mundial, como lo llamó algún cronista deportivo, del que se esperaba "lo mejor, pero también lo peor", para convertirse, en palabras del árbitro internacional Michel Vautrot, "en un mensaje de esperanza para las pequeñas naciones" que no pensaban en la posibilidad de compartir el banquete del mejor fútbol.

Del interés y la curiosidad, la prensa transitó hacia la franca simpatía y admiración por este equipo recién llegado. "¿Cuántos habitantes dice que tiene Costa Rica?". Se comentaba que la selección había detenido su autobús ante un asilo de ancianos para obsequiar un afiche dedicado por los jugadores. Con respeto se explicaba el significado de la Virgen de los Ángeles para los ticos, y la devoción de Gabelo Conejo al arrodillarse y rezar antes de cada partido. "¿Quiénes son estos costarricenses?". "¿De dónde salieron, dónde estaban?".

Se generalizó la idea de que nuestro país -en Francia en la que muchas imágenes remiten de alguna forma a la mesa- había sido la "gran sorpresa del chef". Sorpresa en la que "el conejo y la liebre" habían jugado un papel crucial. A partir de entonces todos conocían la traducción del apellido de Gabelo. ¿y la liebre? Medford, por supuesto, respondía un comentarista, haciendo alusión a su inusitada velocidad y sus sorprendentes zancadas.

Disciplina, esfuerzo. Imposible ocultar la satisfacción cuando se hablaba de verdaderos vuelos "líricos" de Cayasso, o de sus pases desconcertantes y mágicos: la inaprensible "perla negra", como lo denominaron, se fijó en la memoria de niños y jóvenes que seguían con gozo los descubrimientos de esta Copa. Pero quizás lo que más nos enorgullecía eran los atributos que se asociaban a nuestros jugadores: disciplina, esfuerzo, voluntad colectiva, siempre en relación con la historia y la tradición de nuestra patria. Vautrot señalaba que la gran hazaña de Costa Rica había sido "crear sorpresa sin usar el arma de los débiles, que a menudo está hecha de trampa o de violencia".

Notable capacidad del fútbol de visibilizar y convocar identidades. Invaluable oportunidad también de materializar virtudes cruciales como la valentía, la tenacidad, el espíritu de equipo, la colaboración y la creatividad. Estar en el Mundial es tener acceso a una gran vitrina, sin lugar a dudas, y es por eso, igualmente, una gran responsabilidad.

En 1990 Costa Rica no se llevó la Copa, pero sí la estima del mundo. ¿Sabremos aprovechar esta nueva oportunidad?

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