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La geopolítica del futbol

En el futbol las derrotas son apasionadas, pero no definitivas.

Pascal Boniface


Pascal Boniface es director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS) de París. Su libro más reciente es Football et Mondialisation (El futbol y la globalización).

En futbol, las derrotas nunca son definitivas, pero siempre son apasionadas. Para los amantes del futbol, habría que haberle dado el Premio Nobel de la Paz desde hace mucho a la FIFA (el órgano rector del futbol internacional). Para otros, desesperados por el futbol y las emociones que provoca, el deporte ya no es un juego, sino una especie de guerra que alborota los sentimientos nacionalistas más bajos.

¿Existe una relación entre el futbol (y los deportes en general) y el espíritu de nacionalismo y militarismo? Durante la Edad Media, los deportes solían estar prohibidos en Inglaterra, porque se practicaban a expensas del entrenamiento militar. Después de la derrota de Francia ante la Alemania de Bismarck en la guerra franco-prusiana, el barón Pierre de Coubertin (que reinició los Juegos Olímpicos algunas décadas después) recomendó dar un énfasis nacional renovado a los deportes, que en esa época se consideraban como una forma de preparación militar.

En un partido de futbol, los rituales --el ondear de las banderas, los himnos nacionales, los cantos colectivos- y el lenguaje que se utiliza (cuando el partido empieza, se inician las hostilidades, se dispara hacia la portería, se destroza a la defensa, se lanzan "cañonazos") refuerzan la percepción de que se trata de una guerra por otros medios. Y, de hecho, una guerra verdadera empezó a causa del futbol. En 1969, Honduras y El Salvador chocaron militarmente después de un partido de calificación para el Mundial.

Aparentemente, los partidos de futbol pueden revivir las rivalidades nacionales y conjurar a los fantasmas de guerras pasadas. Durante la final de la Copa Asiática de Naciones, en la que se enfrentaron China y Japón, los aficionados chinos llevaban uniformes militares japoneses de los años 1930 para expresar su hostilidad hacia el equipo adversario. Otros fanáticos chinos llevaban pancartas con el número 300.000, en referencia al número de chinos asesinados por el ejército japonés en 1937.

Hostilidad controlada. ¿Se puede decir realmente que el futbol es responsable de las malas relaciones diplomáticas actuales entre China y Japón? Por supuesto que no. La hostilidad en la cancha simplemente refleja las tensas relaciones que existen entre los dos países, que llevan la carga de una historia dolorosa.

Del otro lado del espectro, la dramática semifinal entre Francia y Alemania que se jugó en Sevilla en 1982 no produjo olas políticas, ni para las relaciones entre los dos países ni para las relaciones entre los dos pueblos. El antagonismo se limitó al estadio y terminó cuando acabó el partido.

Lo que el futbol proporciona en realidad es una zona residual de confrontación que permite la expresión controlada de la hostilidad y que no afecta las áreas de interacción más importantes entre países. Francia y Alemania pronto tendrán un ejército común --ya tienen una moneda común-- pero la sobrevivencia de dos selecciones nacionales canaliza, dentro de un marco estrictamente limitado, la rivalidad que persiste entre los dos países.

El futbol también puede crear oportunidades para gestos positivos. La organización conjunta del Mundial de 2002 a cargo de Japón y Corea del Sur ayudó a acelerar la reconciliación bilateral. Incluso en Corea del Norte aplaudieron a los jugadores de Corea del Sur. El deporte, en efecto, parece ser el mejor barómetro de las relaciones entre el dividido pueblo coreano.

Además, el futbol puede ayudar a inducir el progreso hacia soluciones pacíficas a conflictos militares, más que los largos discursos o las resoluciones internacionales. Después de haber clasificado para este Mundial, la selección de Costa de Marfil, que incluye a jugadores del norte y del sur, se dirigió a todos sus conciudadanos para solicitar que las facciones beligerantes dejaran las armas y pusieran fin al conflicto que ha destrozado su país. Después de que el presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide, fuera depuesto hace algunos años, la selección de Brasil actuó como embajadora de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas encabezadas por su país. Y cuando los conflictos terminan, desde Kósovo hasta Kabul, el futbol es la primera señal de que la sociedad vuelve a la normalidad.

Israelíes y palestinos. El expresidente de la FIFA, João Havelange, a menudo soñaba con un partido entre israelíes y palestinos: el vicepresidente estadounidense, Al Gore, consideraba que tal juego sería un medio que ayudaría a Washington a resolver el conflicto palestino-israelí. Tal vez algún día se juegue. Ciertamente el partido entre Irán y los Estados Unidos en 1998 ofreció un momento de fraternización entre los dos equipos. Otro partido Irán-Estados Unidos podría resultar útil en estos difíciles momentos.

El futbol es útil porque permite confrontaciones simbólicas limitadas sin riesgos políticos. Su impacto en la opinión pública nacional e internacional es amplio, pero no profundo. Como sostiene el sociólogo Norbert Elias, "los espectadores de un partido de futbol pueden disfrutar la emoción mítica de las batallas que se desarrollan en el estadio, y saben que ni los jugadores ni ellos sufrirán daño alguno".

Al igual que en la vida real, los aficionados pueden debatirse entre su esperanza de ganar y su temor de perder. Pero en el futbol, la eliminación de un adversario siempre es temporal. Siempre es posible la revancha. Como francés, espero con ansia el próximo partido entre Francia y Alemania en un Mundial. Pero quiero que Francia se vengue de la última derrota en un Mundial, en Sevilla, no de la derrota en Verdún.

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