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40 años de la Revolución Cultural

China no será una sociedad sana sin enfrentar la verdad del vandalismo político

Liu Xiaobo


Liu Xiaobo es crítico literario y político, y actual presidente del PEN de China.

En el mes de mayo se cumplieron 40 años del lanzamiento de la Revolución Cultural de Mao. Sin embargo, y a pesar de 20 años de liberalización económica, sus heridas siguen siendo un tabú. Los gobernantes de hoy no osan enfrentar sus propias experiencias ni responsabilidad moral. Así, tres décadas después de su término, aún no se inicia el autoexamen nacional que China necesita.

Por supuesto, el Partido Comunista ha tachado la Revolución Cultural de "catástrofe", juicio apoyado por la opinión del público general. No obstante, los gobernantes chinos permiten la discusión de la Revolución Cultural sólo dentro de su marco oficial, suprimiendo toda reflexión no oficial. El veredicto oficial generalizado, y el uso de Lin Piao (una vez vicepresidente y heredero designado de Mao Zedong, y que se rebeló contra él) y la "Banda de los Cuatro" como chivos expiatorios tiende un velo sobre los crímenes de Mao y el Partido, así como los defectos arraigados en el sistema.

Las figuras principales de la Revolución Cultural, que planearon tanta violencia insensata, mantienen su silencio o ensayan defensas insostenibles. La mayoría de las víctimas usan distintas excusas para ahogar sus recuerdos. Los perseguidos y los perseguidores hablan solo de su carácter de víctimas.

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Barbarie y vandalismo. Por ejemplo, el fanático movimiento de los Guardias Rojos se tragó a casi todo joven que tuviese la edad correcta. Sin embargo, casi todos los Guardias Rojos se mantienen en silencio, diciendo que "no vale la pena recordar". En los primeros días de la Revolución Cultural, el Movimiento Aliado, con base en Pekín y formado por los hijos de los cuadros del partido, cometió horrendos actos de violencia, bajo el eslogan "Si el padre es un héroe, el hijo es un buen hombre; si el padre es un reaccionario, el hijo es un huevo de tortuga".

Sin embargo, los recuentos y recuerdos de estas vanguardias rebeldes del ayer resaltan sólo su pasión juvenil y la pureza de su idealismo, o sus sufrimientos y los de sus padres. No mencionan su barbarie, su vandalismo y sus saqueos, ni sus tribunales de juicios sumarios. Los veteranos de la revolución se niegan a poner en debate su arrogante supuesto de tener por naturaleza la razón doctrinaria, o mencionar que se rebelaron porque querían poder. Peor aún, no expresan remordimientos hacia sus víctimas.

La Revolución Cultural barrió China por completo. Tanta gente sufrió que es difícil contar la cantidad exacta de víctimas, y esto es todavía más cierto en el caso de los perseguidores. Sin embargo, pocos reflexionan ni ofrecen disculpas. El terrorismo de los Guardias Rojos, las luchas armadas entre las sectas en pugna, los equipos creados para "limpiar" las clases sociales y todas las masacres sangrientas simplemente se dejan sin ventilar en la memoria china. La prohibición oficial impide la reflexión, pero la debilidad humana y el interés por hacer carrera por parte de quienes participaron sirven de sostén para la prohibición oficial.

Piénsese en Ye Xiangzhen, hija del veterano general Ye Jianying, que una vez habló en televisión de las experiencias de su familia durante la Revolución Cultural. En las primeras etapas de la Revolución, ella jugó un doble papel: hija de un mariscal de campo chino y líder de los rebeldes en la Escuela de Arte de la capital. Se quejó de que era "demasiado famosa", "demasiado activa" y que estaba "demasiado ocupada" en el momento, y dio abundantes detalles sobre cómo la esposa de Mao, Jiang Qing, persiguió a la familia Ye y cómo los hijos de la familia fueron a prisión. Pero tuvo apenas 58 palabras que decir sobre su carrera como líder de los Guardias Rojos, sin dar detalles ni explicaciones de cómo se unió, en qué actividades participó y si formó parte de "luchas físicas" o si persiguió a otros.

Restaurar la verdad. Hacer un llamado a quienes ejercieron violencia y persiguieron a otros a que hagan un autoexamen y se arrepientan no tiene como intención repartir responsabilidades legales ni juicios morales. Sin embargo, al menos recuperaría la verdad sobre la Revolución Cultural, resumiendo sus lecciones para evitar la repetición del pasado. En términos más positivos, restaurar la verdad ayudaría sin duda alguna a contrarrestar el instinto tradicional chino de culpar a fuerzas externas por todos los desastres, y abriría el camino a un despertar espiritual para un pueblo que lucha por encontrar valores en la nueva China que nace.

Por supuesto, la figura que tiene la mayor responsabilidad sobre la catástrofe de la Revolución Cultural es Mao, pero se lo sigue enalteciendo como salvador del país. Los hijos de los cuadros veteranos de Mao, que disfrutaron de la mayor fama durante la Revolución Cultural, son los principales beneficiarios de las actuales reformas económicas.

Sin embargo, este silencio permanente de los culpables no hace más que transferir los costes a la sociedad como un todo, y la vida de los chinos termina distorsionada por el peso de las mentiras y las evasiones. Si una generación tras otra siguen viviendo sin hacer frente a la verdad, las mentiras corroerán todo lo que toquen. El pueblo chino ya no sabrá lo que es la honestidad personal o la verdad histórica, y una y otra vez perderá oportunidades históricas, o abusará de ellas y las hará a un lado.

En tanto no se enfrente la Revolución Cultural, no se le habrá puesto un punto final. Si no se restablece la verdad histórica, no se podrán aprender las lecciones. Ningún nivel de prosperidad material podrá hacer de China una sociedad sana sin esta reflexión honesta y necesaria sobre el pasado.

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