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TLC: una renegociación distinta

La verdadera reorientación del tratado descansa en decisiones nacionales

Eduardo Ulibarri


Al fin parece haber comenzado la renegociación del TLC con Estados Unidos en el único sitio donde es posible y conveniente hacerlo: Costa Rica.

La errada creencia de que el Gobierno podía y debía regresar a Washington y replantear, al margen de Centroamérica, un acuerdo bilateral que pasaría en el Congreso estadounidense, ya murió. Ni la Casa Blanca está dispuesta a revivir tan complejo proceso, ni hay tiempo para tramitarlo en el Capitolio antes de que, el próximo año, venza la "vía rápida" en materia comercial, sin la cual su ratificación es imposible.

Más aún, si por arte de magia eso hubiera sido posible, habríamos salido peor. Negociando solos, y con un clima de opinión crecientemente aislacionista en Estados Unidos, sus intereses más proteccionistas se habrían impuesto de forma irremediable.

Conclusión: hoy tenemos el mejor texto posible del TLC, dadas las realidades existentes. Es el que dará seguridad jurídica para el acceso de nuestros productos a su principal mercado; el que abrirá a los consumidores locales más opciones, atraerá nuevas inversiones y modernizará el esquema de integración centroamericana. Además, como cualquier acuerdo de esta índole, está enmarcado por el derecho internacional, se inserta en el local y será aplicado dentro de los límites de nuestra Constitución.

Con TLC no tenemos el desarrollo asegurado. Existen otros factores más importantes para lograrlo, como la competitividad general del país, nuestro Estado de derecho y la lucidez de las políticas económicas y sociales. Pero sin TLC y sin acceso a mercados, cualquier desarrollo será, en el mejor de los casos, limitado.

k Discusión interna. ¿Significa lo anterior que basta con enviarlo a la Asamblea Legislativa, tramitarlo en la comisión de Asuntos Internacionales y aprobarlo en plenario, gracias a la sólida mayoría que los votantes otorgaron a los partidos que lo apoyan? En sana teoría democrática, la respuesta es positiva. Pero la ineludible realidad política y social hace evidente que no basta con lo anterior. De aquí la importancia de "renegociarlo" hacia adentro, como ya está ocurriendo.

El punto de partida de este proceso debe asentarse en un triángulo de fundamentos o acuerdos esenciales:

El primero es restaurar la credibilidad e imagen del Gobierno como una entidad político-administrativa coherente y eficaz, impulsada por una clara visión, conducida por un equipo con capacidad personal y coordinación estratégica y programática, e inspirada por el bien común. La conformación del Gabinete, de las presidencias ejecutivas clave y de las juntas directivas de las instituciones, ha sido la culminación de esta tarea, ya nutrida por los planteamientos que, desde la campaña, hizo el presidente Óscar Arias. Su consolidación, sin embargo, requiere acción y persuasión permanentes y convincentes.

El segundo vértice es el de las reglas sanas y claras. Parte de que la confrontación libre de ideas, intereses, propuestas y rechazos no solo es un derecho inalienable de los ciudadanos (solos u organizados), sino, también, el mejor camino para las buenas políticas y, por ende, para diseñar los mejores modelos de implementación del TLC. Sin embargo, no claudica en que las decisiones deben tomarse donde, constitucionalmente, corresponda; en este caso, la Asamblea Legislativa, aunque otras instancias administrativas, políticas, económicas y sociales también desempe- ñen papeles importantes.

Y el triángulo se completa con la identificación de los interlocutores clave del proceso y de sus reivindicaciones, temores, propuestas, aspiraciones, convicciones, atavismos o prejuicios. Ninguna renegociación hacia dentro puede plantearse, simplemente, como una forma de aplacar a minorías vociferantes. Su esencia es atender, mediante acciones sensatas, y con una certera valoración de costos y beneficios, los intereses legítimos de actores múltiples y relevantes, sin perder de vista el objetivo general del desarrollo y la equidad nacionales.

kEjecución abierta. A partir de esta trilogía de elementos, el TLC, aunque cerrado ya en su texto -que solo admitirá un sí o no legislativo- podrá abrirse hacia el país, para, según el caso, acelerar, potenciar, modular o atemperar su aplicación. Es lo único sensato ante la quimera de cambiar sus términos o el suicidio de rechazarlo.

Los instrumentos de esta renegociación endógena son múltiples.

Con TLC o sin él, el primer lugar de la agenda debe ser abrir a la competencia la Ciudad Prohibida de los monopolios públicos, especialmente en telecomunicaciones y seguros, para mejorar la calidad de los servicios y convertirlos en servidores del país, no de los mandarines que usufructúan sus rentas y se aferran a los privilegios de sus convenciones colectivas.

Simultáneamente, el ICE y el INS deben convertirse en empresas públicas sólidas, vigorosas, eficaces y modernas, capaces de entrar a competir en un mercado abierto que, necesariamente, debe contar con claros criterios y mecanismos de regulación, transparencia y control.

Una mayoría de costarricenses apoya este concepto. Otros, sin embargo, escamados durante años por falta de gobierno o desconfianza absoluta en quienes lo han ocupado, dudan de cualquier intención oficial. Por esto, la restauración de la confianza en la rectitud de los propósitos y la bondad de los métodos, es vital en el proceso.

La renegociación interna también pasa por los demás componentes de las agendas de implementación y complementación del TLC, y por otras decisiones vitales para el desarrollo nacional.

No solo hay que ver el tratado como una oportunidad para mejorar las condiciones generales para el desarrollo; hay que trabajar activamente en ellas, con la vista puesta en el interés general, pero focalizada en los sectores más vulnerables.

kApoyo a los vulnerables. Por la distorsionada discusión de meses anteriores, cargada de irracionalidad y consignas, muchos han olvidado que, quizá, la mayor vulnerabilidad social posible es el desempleo. Por esto, en la medida en que genere inversiones, el tratado, automáticamente, se convertirá en un instrumento para impulsar a los más débiles, mediante la ampliación de sus oportunidades laborales.

Existe otra fuente de pobreza a menudo olvidada: los precios de los productos básicos (arroz, azúcar, leche o pollo), aquellos que más consumen los pobres y que, por lo general, producen quienes no lo son. El TLC protege a algunos productores mucho más que a los consumidores; sin embargo, al menos establece mayor competencia interna en ciertos rubros y abre el camino para que, en el futuro, la apertura fuerce hacia la baja algunos precios, de nuevo en beneficio de los más débiles.

Obviamente, la renegociación interna no puede olvidar a quienes producen. Mejorar las condiciones generales para el desarrollo humano y la competitividad es el mejor método para beneficiar tanto a los productores como al resto del país. Tiene que ver con avances en infraestructura, educación, salud, reglas claras, trámites rápidos y servicios eficaces.

Sin embargo, con la "mano invisible" de mejores condiciones generales no basta. Algunos sectores, sobre todo de pequeños y medianos empresarios, aún necesitan apoyo, impulso y acompañamiento. Los casos de éxitos logrados abundan. Quien lo dude, que repase la composición de nuestra abundante oferta exportadora, o que estudie, entre muchos ejemplos, la admirable evolución y rápido aprendizaje de los horticultores. Pero otros, que se mantienen a la zaga o podrían verse afectados por la primera ola del tratado, requieren atención especial, no para "protegerlos" como desvalidos, sino para potenciar sus proyectos y su propia dignidad humana.

Proceso despejado. Si se logra avanzar en estos y otros ámbitos internos, desde la coherencia política y administrativa, la claridad en las reglas y el balance entre las inquietudes y aspiraciones legítimas de grupos y sectores, se podrá llevar a buen término la renegociación más importante: la nacional. Es la que logrará un mejor balance entre los beneficios y costos del proceso, para multiplicar y extender su potencial de ganancia intrínseco.

Gracias a este avance, la retórica de los opositores viscerales y los repetidores de consignas quedará vacía de contenido; su capacidad de convocatoria o movilización sufrirá severamente, y la adhesión ciudadana a la estrategia de modernización y desarrollo de la que forma parte el tratado se verá reforzada.

Todo lo anterior, a su vez, ayudaría a mejorar la calidad de la discusión del tratado, facilitaría la consecución de acuerdos realmente viables y relevantes para su aplicación, y nos permitiría reencontrarnos rápidamente como sociedad al término del proceso.

Desgraciadamente, no podemos partir de que los conductores de algunos grupos sindicales o estudiantiles se dirijan por esta ruta. Pero sí es posible suponer que la mayoría de los actores relevantes decidan escogerla. Ya hay señales de que está ocurriendo. Sería lo mejor para el país.

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