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/LA NACIÓN

Homo homini lupus



Manuel Formoso


En 1651Thomas Hobbes publicó en Inglaterra El Leviatán, una de las obras más profundas en la historia del pensamiento político. En ella nos dice que, antes de crear el Estado mediante un pacto, los hombres vivían en un estado natural de guerra de todos contra todos. El más fuerte se imponía al débil y la única norma válida para sobrevivir era el uso de la fuerza. El hombre era un lobo para el hombre (homo homini lupus). Para terminar con esta terrible convivencia, el pacto que los hombres suscribieron consistía en una renuncia a todos sus derechos naturales, a favor de un tercero (el Estado), que no tiene más obligación que la de dictar leyes y crear un orden social donde no haya campo para la disidencia. El Estado aplastará a los hombres que no lo obedezcan como si se tratara de hormigas. De esta manera está garantizada una cierta libertad con el disfrute de la propiedad y la pacífica convivencia.

El siglo XVI fue un siglo tormentoso para Inglaterra. Por primera y única vez en su historia, se decapitó a un rey, Carlos I, en 1649, y Oliver Cromwell gobernó la República de Inglaterra más o menos en los términos expuestos por Hobbes. Cerró el Parlamento y en su puerta puso un rótulo: "Se alquila". Cromwell no duró mucho en el poder, entre otras cosas por la larga tradición parlamentaria inglesa, y a los pocos años se restableció la monarquía que, poco a poco, aceptó compartir su poder con el Parlamento y renunciar a parte de sus potestades; renuncia que cada vez fue más amplia hasta llegar a la monarquía constitucional actual, donde el rey reina pero no gobierna. Las democracias de nuestros días se han inspirado en la inglesa; entendemos que la soberanía reside en el pueblo, pero la delega en sus representantes: el parlamento y el jefe del poder ejecutivo.

Fuera del estado natural. Desgraciadamente, en el orden internacional, por siglos, la ley del más fuerte es la que se ha impuesto con las consiguientes guerras que dejaron miles y luego millones de muertes. En el siglo XX estallaron dos enormes conflictos armados; de 1914 a 1918 la Primera Guerra Mundial, particularmente sangrienta por la enorme cantidad de combatientes muertos en las trincheras. A su final, muchos dirigentes políticos, horrorizados por lo que había ocurrido, fundaron la Liga de las Naciones en Ginebra, con la esperanza de crear un orden internacional que acabara con el estado de naturaleza en que vivían las naciones soberanas. La Liga fue un fracaso para detener la guerra y antes de 20 años, en el verano de 1939, Adolfo Hitler invadió Polonia y desató la Segunda Guerra Mundial, que fue aún más sangrienta y destructiva pues los muertos fueron por millones y las ciudades, arrasadas por centenares. Dos bombas atómicas arrojadas sobre Japón, cuyo recuerdo todavía causa horror, fortalecieron la incipiente organización de Naciones Unidas, recién creada, como una nueva instancia de derecho internacional, para permitir el diálogo, evitar las guerras y sacar a los Estados soberanos del estado natural, imaginado por Hobbes.

En estos primeros años del siglo XXI hemos visto hecho añicos el orden internacional; la aparición del terrorismo global, el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y la consiguiente reacción de los países agredidos, haciendo justicia por su propia mano, nos ha llevado al Estado hobbiano. EE. UU., invadiendo Iraq por su cuenta, incapaz de controlar la guerra civil que ha provocado su invasión, causando centenares de muertos diariamente y apoyando constantemente a Israel en sus ataques a los palestinos y ahora a Líbano, ha generado naturalmente una respuesta cada vez más violenta de parte de los terroristas, violencia que alcanza niveles peligrosísimos para toda la humanidad.

Hobbes o Jesús. Irónicamente, esta violencia sin límite arranca de tierras palestinas, donde hace 2.000 años un hombre extraordinario, tanto como para que sus seguidores lo tengan como hijo de Dios, predicó que Dios es amor y la mayor obligación de sus seguidores es amar al prójimo como a sí mismo. En estos momentos de confusión y angustia, cabe preguntarse: ¿pereceremos con el "homo homini lupus" de Hobbes o encontraremos la paz con Jesús de Nazaret y su "amaos los unos a los otros"?

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