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Nuevo fracaso de Doha El proceso de apertura multilateral del comercio está en un punto críticoSu posible fracaso nos obliga aún más a los tratados regionales o bilaterales El pasado lunes fue un día negro para el comercio internacional. Tras una maratónica y fallida sesión de 14 horas del poderoso "grupo de los 6" o G6 -Estados Unidos, la Unión Europea, Brasil, Japón, India y Australia-, destinada a salvar la Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC), su director general, Pascal Lamy, suspendió las negociaciones por plazo indefinido. La gran duda que se abre ahora es si esa decisión servirá como un revulsivo, que produzca posiciones más flexibles y sensatas de los principales actores (especialmente europeos y estadounidenses) y, por ende, dé un nuevo aire al proceso, o si conducirá a su fracaso definitivo. Por desgracia, al menos hasta ahora, la mayoría de los elementos disponibles apuntan en este último sentido. El eje de la disputa es el comercio agrícola, el más protegido y distorsionado, mediante subsidios, aranceles y cuotas, del mundo. Ante la necesidad de liberalizar el sector, se han presentado dos posiciones antagónicas. Por una parte, aunque con diferencias entre sí, los grandes exportadores agrícolas (Estados Unidos, Australia y Brasil) han planteado la reducción de aranceles, con el argumento de que disminuirá el precio de los alimentos y dará a los países en desarrollo la posibilidad de exportar sus productos en condiciones mucho más favorables de acceso a los mercados consumidores. Por otra parte, el bloque donde existen agricultores ineficientes, muy pobres o altamente subsidiados (Europa, Japón e India), quienes se verían afectados si pierden la protección arancelaria, ha propuesto la reducción de subsidios, pero se opone a una disminución drástica de aranceles. Si ambos campos hubieran mostrado una real voluntad de buscar puntos de acuerdo, este tipo de diferencias podrían haberse conciliado en un cierto punto medio para favorecer el fin último de mayor apertura general del comercio internacional, algo clave para todos los países, pero, en especial, los menos desarrollados. Sin embargo, prevaleció la intransigencia, encarnada por la representante de comercio de Estados Unidos, Susan Schwab, y su contraparte europea, Peter Mandelson. Después de este triste episodio, de nuevo han surgido las buenas intenciones públicas para tratar de rescatar el proceso. Sin embargo, el tiempo disponible es muy corto: para que sea viable, cualquier acuerdo general sobre la ronda debe darse este año; solo así habrá tiempo para que sea ratificado por el Congreso estadounidense antes de julio del 2007, cuando vencen los poderes presidenciales especiales para la negociación y ratificación de los tratados comerciales. Por esto, las perspectivas futuras son muy oscuras. La Ronda de Doha fue lanzada en noviembre del 2001 con la promesa de beneficiar, especialmente, a los países en desarrollo, mediante una liberalización en el comercio internacional que incluyera, entre otros rubros, el de los productos agrícolas, donde muchos de ellos son competitivos. También se incorporó a las negociaciones el comercio de servicios y productos industriales, aunque en este último ámbito los avances, por décadas, han sido mucho mayores. Sin embargo, la fuerza de los intereses creados (en especial, de los productores agrícolas protegidos o subsidiados en la Unión Europea y Estados Unidos) ha demostrado que es mucho mayor hasta ahora que la influencia de los exportadores para impulsar la liberalización. Esta intransigencia de los grandes, sumada a diferencias en intereses y perspectivas de los medianos y pequeños, así como a una gran miopía para comprender la real importancia del comercio libre como promotor del desarrollo, han conducido a la parálisis actual. Y, de aquí al fracaso de la Ronda, hay una distancia cada vez menor. En nuestro país, que depende directamente de las exportaciones y el comercio internacional para su desarrollo, esta lamentable coyuntura debe servir como acicate para buscar otras modalidades de acceso a mercados. Y en este contexto, los tratados de libre comercio bilaterales o regionales, como el suscrito (pero no ratificado) con Estados Unidos o el que podría comenzarse a negociar con la Unión Europea, son aún más cruciales. A ellos debemos apuntar con vigor e, incluso, sentido de supervivencia, pero sin perder de vista el gran objetivo de la apertura multilateral, en el marco de la OMC.
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