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Aislado pueblo apuesta al café, hortalizas y turismo Asociación cultiva y exporta, desde 1997, productos orgánicos de calidadUno de los objetivos es frenar la emigración de sus habitantes Sergio Arce A. sarce@nacion.com Altamira. Este poblado bien podría ser de aquellos de nuestro país donde el tiempo parece haberse detenido entre callejuelas de lastre y exuberante naturaleza a su alrededor. Sin embargo, aquí, en Altamira de Biolley, de Buenos Aires (Puntarenas), en el sur del país, la gente no se resigna a ser solo parte del hermoso paisaje y a ver pasar las horas con indiferencia.
En un esfuerzo por mejorar su calidad de vida, un grupo de mujeres y hombres creó, en 1997, la Asociación de Productores y Productoras La Amistad (Asoprola). Esa agrupación encontró, en el cultivo de café y hortalizas orgánicas, su principal sustento. Tanto es así que estos hombres y mujeres exportan el llamado "grano de oro" a mercados europeos y, claro está, también lo venden en el pueblo.
En cuanto a las hortalizas -vainica, rábanos, culantro, repollo, zanahoria, brócoli, lechuga, apio y tomate, entre otras-, son por ahora para el comercio local. El objetivo de Asoprola es que un mayor número de familias cultiven más hortalizas. Pero eso no es todo. Con el apoyo de entidades como el Fondo de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la organización internacional Reto Juvenil, este grupo comunal incursiona en el turismo. El pueblo aprovecha su privilegiada cercanía al Parque Internacional La Amistad, que se extiende desde el sur de Costa Rica hasta el norte de Panamá. Desde la pulpería de Víctor Picado Mora, en el puro centro de Altamira y donde las chanchas se solazan con sus crías, se observan -casi al alcance de la mano- las imponentes y verdes montañas del parque, que nació oficialmente el 4 de febrero de 1982 y cuenta con una extensión de 193.929 hectáreas. En Asopro tienen muy clara la necesidad de generar más y nuevas fuentes de trabajo, dada la creciente emigración de los lugareños hacia Estados Unidos o al mismo Valle Central. Aquí, en Altamira, son frecuentes las historias de familias que tienen uno, dos y hasta tres hijos lejos de la remota comunidad, debido a la falta de trabajo. Dos hijos de Benilda Robles Sequeira fueron a Estados Unidos, y uno de ellos sufrió un grave accidente en mayo pasado. Doña Benilda dijo que Asoprola no solo apoyó moralmente a su familia, sino también le dio la posibilidad de seguir trabajando en aras de mejorar su calidad de vida.
Paradojas de Tiquicia Sergio Arce sarce@nacion.com Llegar hasta Altamira de Biolley, en Buenos Aires (Puntarenas), es toda una odisea: casi nueve horas en bus -a veces 10 y hasta 11- por caminos empinados, de lastre, y embarrialados si llovió horas o minutos antes. No obstante, la odisea podría convertirse en pesadilla si el espíritu de aventura anda de malas. Sin embargo, el extenuante viaje es lo de menos. Llegar hasta ese remoto poblado del sur del país deja a cualquiera con la boda abierta ante tanta y tanta belleza natural, condimentada con la amabilidad y la sencillez de sus habitantes. Si a todo ello agregamos una dosis de sorpresa -en ninguna circunstancia debemos perder la capacidad de asombro-, entonces, el viaje se convierte en un placer, un goce. ¿Por qué sorpresa? Permítanme y les cuento: 1. Los caminos son tan deplorables que el bus solo entra y sale del pueblo dos veces al día. Aún así, las pulperías del lugar están atestadas de productos (comida y ropa). 2. La soda de Asoprola cuenta con Internet, teléfono y fax. 3. La iglesia abre sus puertas únicamente una vez al mes. El sacerdote debe viajar larguísimas distancias para oficiar misa. 4. Si usted camina por media calle, no se asuste si un niño le pide detenerse en seco. Abra paso a una hermosa y rebosante chancha que, oronda, "pasea" con sus seis chanchitos. 4. La parada de buses, la soda, el baño y un mapa de ubicación a la entrada del pueblo están construidos con pedazos de vidrio y cerámica.
Jóvenes canadienses y australianos en la montaña Un grupo de jóvenes canadienses y australianos dejó atrás sus comodidades primermundistas para internarse en una alejada comunidad del sur de Costa Rica. Durante poco más de un mes, estos muchachos ayudaron a los lugareños de Altamira y zonas aledañas en diversas labores: construir senderos turísticos, levantar las bases de un albergue y enseñar inglés a los niños. "Nuestro legado es aportar un poco para que las comunidades cristalicen proyectos duraderos", expresó, entusiasmado, Linden Pride, un australiano de 25 años. Tareas como las que realizaron Pride y sus compañeros son posibles gracias al esfuerzo de la organización Reto Juvenil Internacional, que en este 2006 cumple 15 años de labor aquí en el país. También colabora en países como Nicaragua, Panamá, Guatemala, Granada, Isla Vanuatu, Australia, Etiopía y Tanzania. En el caso particular de Altamira, Reto Juvenil Internacional ha enviado ya cinco grupos de jóvenes en los últimos tres años, algo que -según su director, Marco Castro Rodríguez- demuestra el empeño de la gente de esta zona por organizarse y salir adelante. "Ha sido una relación intensa, larga y productiva. Se trata de dejar huella en la historia particular de una zona", comentó Castro. Resaltó la ayuda con mano de obra calificada y no calificada que la organización puede aportar a otras comunidades, en especial a las muy alejadas y que estén organizadas y con proyectos concretos. Para más información: teléfono 280-4325 ó info@retojuvenilcr.org
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