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El mismo trato para todos

Un silencio que podría ser síntoma de madurez u ominosa señal de incongruencia

Roberto J. Gallardo N.


La primera víctima de la falta de congruencia es la credibilidad. Algunos políticos han comprobado que la flexibilidad de principios, que los lleva a juzgar situaciones similares con estándares ajustables, deriva en el descrédito y la desconfianza. Pero en este aspecto, como en otros de la vida nacional, los políticos parecen no tener el monopolio de la incoherencia.

En el pasado, la reacción de cierto sector de la prensa -y de algún político oportunista- ante casos en los que funcionarios públicos dejan sus puestos para incorporarse a empresas con las que las instituciones en las que laboraban tenían vínculos de algún tipo ha sido fulminante. Los cuestionamientos de orden moral son frecuentes en esta clase de situaciones. De manera algo temeraria se califica como deshonesto el proceder de esas personas, posiblemente sin valorar objetivamente las particularidades de cada situación, y sin considerar que los antecedentes profesionales y laborales pueden ser las únicas razones por las que son contratadas, sin que exista alguna forma de corrupción inherente. Aun cuando desde la óptica propia se estime que los involucrados no tienen la preparación adecuada para asumir esas nuevas responsabilidades, no se puede olvidar que esta es una valoración subjetiva, que ignora además los objetivos y expectativas de las empresas contratantes. Por esto no se deberían emitir opiniones apresuradas que pueden dañar irreversiblemente la reputación de personas inocentes.

¿Doble estándar? Pero, además de temerario e injusto, este criterio rayano en la intolerancia moral parece que solo se aplica a quien esté relacionado con la política, o a quienes salen de la política hacia la empresa privada. Porque, cuando una periodista, responsable de gran parte de la cobertura política en el pasado proceso electoral, es nombrada para un cargo diplomático, no se escuchan las insinuaciones y acusaciones habituales. Nadie se rasga las vestiduras ni exige transparencia o rendición de cuentas. ¿Por qué el aparente doble estándar? Del político oportunista, sobre todo de aquel que mediante la condena encarnizada de sus rivales (que contrasta con la flexibilidad con la que juzga a sus propios copartidarios), pretende tener una calidad moral superior al resto de los mortales, ya nada sorprende. Pero en el caso de ese sector de la prensa que normalmente dispara primero y pregunta después, el silencio que ha guardado, si bien podría ser un síntoma de madurez, bien podría ser ominosa señal de una incongruencia intencional.

Que quede claro: no se trata de que se juzgue de la misma manera a la nueva diplomática, sino más bien que el mismo trato se le otorgue a otros profesionales que aprovechan oportunidades de trabajo. Que de entrada no se etiquete a la gente por una acción aislada, sino que se valore toda una trayectoria y se parta de una perspectiva objetiva. Que se escuche desprejuiciadamente a los involucrados y se reporte con mesura. Que no se propicie un linchamiento público a partir de una concepción moral subjetiva.

Iguales principios. Está muy claro que hay corrupción y que en muchos casos las personas que llegan a ciertos cargos lo hacen solamente porque en el desempeño de sus funciones beneficiaron a sus futuros empleadores. Que se otorgan nombramientos como recompensa de servicios prestados en posiciones de poder. Pero no se puede generalizar. Y tampoco se debe ser selectivo a la hora de juzgar. Los mismos principios deben aplicarse en la totalidad de los casos. Porque, si no se hace, la confianza sufre y los principios se desdibujan.

Nuevamente, no se trata de acusar a nadie, sino de llamar la atención a lo que parece un estándar doble. Uno esperaría que, de ahora en adelante, ese sector de la prensa que usualmente encabeza las cruzadas morales en contra de los políticos cuando se presentan casos de este tipo, sea tan prudente como lo ha sido con su colega. Es lo justo y preserva un activo invaluable en el periodismo: la credibilidad.

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