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Al Grano Édgar Espinoza edgarespinoza@costarricense.cr Infinidad de cosas hacen hoy de Escazú una república independiente: su capital, Multiplaza; la pandemia de condominios, su club de anoréxicas, tanto rótulo en inglés, la dictadura del silicón; el nacimiento, cada medio minuto, de un centro comercial, los chuzos y el fandango, los cafés-pasarela, la farandulitis, el metrosexualismo a ultranza y hasta el ciberchat para cortejar a las chicas-chic por Internet (aquí en Curridabat todavía las perseguimos en bus). Sin embargo, hay una cosa, tan solo una, que por sobre todas las demás distingue como territorio aparte a ese United States of Escazú: la brutalidad de sus precios. O, más bien, de sus sobreprecios. En muy poco tiempo, de ser una aldea de bueyes en el día y brujas en la noche, Escazú pasó a ser una megalópolis a imagen y semejanza del nuevo rico que puede pagar semejante especulación -y que presume de ello-, en contraste con el resto de los parroquianos que siguen viviendo en la pura tusa. Todo, desde un lote hasta una curita, y desde un apartamento hasta una tachuela, cuesta ahí un ojo de la cara, y no necesariamente por una cuestión de oferta y demanda, sino de estatus. Como se trata de Escazú, hay que pagar a precios de Escazú y sanseacabó. A llorar a la Maternidad. Porque Escazú es Escazú y no Tibás, ni Desamparados., a pesar de que en Escazú también hay huecos en las calles, como en esos otros lugares, y basura y desagües pestilentes. La diferencia la hace, nada más, la moda. ¡Ah! y el caché, porque el que puede, puede. Entre los que más le dan ahí al cliente por la nuca figuran los restaurantes. Por un sándwich, fruta, pastel o tonteriita cualquiera cobran a matar únicamente porque Escazú es ahora, más que un lugar, una marca. Y si hablamos de un arroz chaufa con Inkacola, ¢12.000 ; de un bistec miniatura de lomito con verduras, ¢10.000; de una copita de vino tinto, nada del otro mundo, ¢4.000. ¡Y pensar que con esa misma plata uno puede comprase en otra parte toda la botella, el lomito entero y un arrozal, y come el mes completo! Si ya de por sí el país es carísimo para la calidad de servicios públicos que ofrece, su nueva ínsula, la República Libre y Glamorosa de Escazú, se remata pues, además de los restaurantes, todo su infinito universo comercial está más -ni tonto que fuera- por el pudiente que por el mendigante. Porque hasta los jocotes que uno compra en media calle tienen ahí ya precio de exportación, precio de Escazú. Salvo "Bombín", mi peluquería de cuando yo vivía ahí, y que cobraba ¢1.200 por jupa.
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