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Su última jugada Ante millones, con toda probabilidad ante los cientos de millones que fuimos convocados para formar durante casi un mes la audiencia universal de la copa mundial de futbol, se ha producido en el partido final un hecho que podría pasar por trivial, porque de una u otra manera sucede casi cotidianamente en este excitante deporte. Los espectadores cercanos al acontecimiento, aquellos que estaban a los lados de la cancha, quizá no lo hayan advertido, al menos la mayoría de ellos. No les valió de nada su ventaja posicional -el estar ahí-, por la que sin duda pagaron una bicoca. Pero, en cambio, lo hemos observado una y otra vez quienes en ese momento estábamos frente al televisor, favorecidos por el don de ubicuidad de este ya veterano producto tecnológico, por su capacidad para manipular a voluntad el orden cronológico de los acontecimientos y -como alguien ha señalado- dejarnos "ver desde lejos" lo que ocurre en cualquier lugar y a cualquier distancia. Por lo que se sabe, tampoco miraron lo sucedido los futbolistas que eran los actores del espectáculo, y a los que, por consiguiente, las consecuencias del hecho parecían incomprensibles. Ni siquiera el árbitro, que acudió a uno de sus auxiliares para verificar la comisión del hecho. Casi todos ellos daban la espalda a Zinedine Zidane cuando este empleó su cabeza como instrumento contundente para golpear deliberadamente, de mala manera y contra las reglas del "juego limpio", la humanidad de un defensa italiano. Pudo haber provocación, pero no hubo truco, como tantas veces ocurre en el futbol: el golpe fue voluntario, directo, certero, dado con la precisión y -si pudiera decirse así- la elegancia de uno de los jugadores más talentosos y dotados de que se tiene noticia y prueba fehaciente e imperecedera. Un deportista, además, que participaba en su último encuentro y realizaba de modo tan deplorable e inesperado su última jugada. Tratándose de quien se trataba, y de la circunstancia en que este maravilloso Zinedine Zidane se hallaba, se explica que la primera reacción de la audiencia universal pasara pronto de la sorpresa al estupor por lo sucedido. Sin embargo, el hecho efectivamente había ocurrido, era inocultable e irreversible, y de inmediato solo podía ser juzgado con las reglas del juego que el futbolista francés evidentemente conoce, acepta e invoca frecuentemente en protección de su integridad física o de la de sus compañeros de equipo. Ni siquiera Zidane, a esas alturas el mejor jugador del torneo y en plan de retiro, estaba por encima de las reglas. Así lo hizo saber el árbitro argentino cuando, haciendo honor a su oficio -y quizá no sin pesadumbre-, lo expulsó. Después de la expulsión, con gesto confundido y descompuesto, pero sin enfado, el futbolista se retiró y lo engulló el estadio, y, hasta donde se alcanzó a ver, no apareció más ni siquiera para aceptar junto a sus compañeros la presea que el equipo francés recibió con todo merecimiento, debido en muy buena parte a él. Podría suponerse que no lo hizo por resentimiento, sino por remordimiento y hasta por vergüenza, sentimientos legítimos y dignos cuando son el resultado de haber tomado conciencia del error cometido. Es posible, además, que con el transcurso del tiempo el hecho cobre una significación atenuada y matizada en la vida personal de Zidane, y en el recuerdo de su notable carrera como futbolista profesional. Pero el episodio es una lección moral que deja este certamen deportivo, un imprevisto e ilustrativo producto de una copa mundial especialmente bien llevada.
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