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Francia perdió la cabeza y Zidane empañó su gloria


Oscar González

Berlín (EFE). Zinedine Zidane, el quinto grande de la historia del mundo, puso hoy punto final a su carrera de la más triste manera, tras ser expulsado en la final de Alemania 2006, cuando más cerca estaba de conquistar el segundo título mundial.

Zidane cerró en falso una carrera por un arrebato infantil, por caer en la trampa que le tendió Marco Materazzi cuando las fuerzas escaseaban después de dos horas de esfuerzo.

Hasta ese momento, hasta que "Zizou" dejó de pensar en su despedida y quiso saldar cuentas con un cabezazo en el pecho, el capitán francés estuvo cerca del cielo, a punto de coronarse en el mismo escenario en el que Jesse Owens ridiculizó las teorías racistas de Adolf Hitler.

Concentrado en su última actuación, "Zizou" se había encerrado en esa burbuja que, según su técnico, Raymond Domenech, le había permitido cumplir el anhelo de disputar el máximo de partidos en el Mundial.

Por eso, no prestó atención, mientras concluía el calentamiento, a Il Divo, un grupo pop con pretensiones líricas que desde un escenario instalado junto a la entrada principal entonaba la canción oficial del Mundial, ni se esforzó por mostrarse emocionado mientras medio estadio entonaba La Marsellesa, que las críticas de Le Pen no le han hecho cambiar sus hábitos.

Zidane sólo pensaba en su último partido, en aconsejar a Frank Ribery, la joven revelación del Mundial, cómo frenar a los italianos mientras, por motivos de la transmisión televisiva, se demoraba el pitido inicial del argentino Horacio Elizondo.

Comenzó el encuentro y todo fue frenético. Thierry Henry se desplomó sobre el terreno de juego, tras chocar con Fabio Cannavaro y poco después fue Florent Malouda el que cayó arrollado por Marco Materazzi, pero esta vez dentro del área.

Como ante Portugal, Zidane aceptó el reto de lanzar el penalti. Si en la semifinal tuvo enfrente al único guardameta que ha detenido tres penaltis de la misma tanda, Ricardo Pereira, ahora tenía que batir al mejor del mundo, Gigi Buffon.

Eligió lo más difícil, emular al checo Viktor Panenka, con un disparo suave, elevado, que dio en el larguero y que, durante un segundo eterno, el que tardó en traspasar la línea de gol, le impidió celebrarlo.

Acostumbrado a hacer de la defensa la mejor virtud, el gol debería haber sido suficiente para su equipo, si el rival no hubiese sido Italia, un conjunto que no entiende de derrotas anticipadas. Por eso, equilibró el encuentro y, además, por medio del culpable del penalti, Marco Materazzi, rehabilitado con un gran remate de cabeza.

Zidane supo que el partido iba a ser duro y dosificó sus esfuerzos, pero en cada acción tiró de repertorio. Un amago, un regate o una finta que siempre sorprendió al rival y encendió a la grada francesa.

Apuró al máximo el descanso en el entretiempo, hasta incorporarse el último, y siguió dejando detalles de clase en el segundo periodo, hasta que, en el minuto 80, saltó la alarma. Chocó con Fabio Cannavaro y se hizo daño en el hombro derecho.

Un escalofrío recorrió el fondo sur, donde estaban ubicados la mayoría de los aficionados franceses, que decidieron corear su nombre, para pedirle que aún no los dejase. No lo hizo, regresó dispuesto a aguantar hasta el final, dispuesto a sufrir en una prórroga que le gustaba a los italianos.

Y, en esta nueva prolongación de su carrera, mientras por la megafonía sonaba una versión actualizada de "Qué será, será?", Zidane quedó tan cerca de darle el título a su equipo como de cerrar su carrera de la peor forma posible, y eligió lo último.

A punto estuvo de dar la Copa a Francia, con un remate de cabeza, en el minuto 103, que obligó a lucirse a Buffon, pero, siete minutos después, acabó todo.

Se enzarzó en una gresca con Materazzi, que le había agarrado en la jugada anterior y se olvidó del lema de equipo (vivir juntos, morir juntos) y salió de su burbuja para darle un cabezazo en el pecho al defensa italiano, para irse al vestuario por anticipado, para conocer allí que Italia era mejor en los penaltis, para acabar de una vez por todas.

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