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El entierro de Castro


Gina Montaner
Periodista cubana
[©FIRMAS PRESS]

Ricardo Alarcón vuelve a la carga. El presidente de la Asamblea del Poder Popular de Cuba publicó el pasado miércoles en el Granma -periódico oficial y oficioso de la dictadura castrista- un artículo titulado "Crónica de una guerra anunciada". O sea, una cansina repetición del único mantra que desde hace casi medio siglo vocifera el régimen de La Habana: que Estados Unidos es el coco imperialista. Que los exiliados quieren quitarles las casas y arrasar como Atila el día del regreso a la isla. Vamos, que la invasión está a punto de comenzar y que a los cubanos no les queda más remedio que seguir atrincherados como los últimos de Masada.

Me hace gracia que a estas alturas de la Divina Comedia, el señor Alarcón continúe paseándose por el mundo disfrazado de estadista y respondiendo a las preguntas de los periodistas con aires de scholar benevolente. Cuando en verdad se trata de uno de los mayores y más directos responsables de una implacable dictadura que ha triturado las instituciones y el tejido social de Cuba.

Es casi imposible que Alarcón no sea otra cosa que un cadáver político, un apestado, cuando la inaplazable transición suceda. Pero precisamente su discurso catastrofista forma parte de una maniobra del Gobierno para intentar abortar cualquier posibilidad de cambio después de la muerte natural del ya anciano Castro. Un año más el Gobierno de EE. UU. preparó un informe sobre la transición en la isla y las medidas que podrían agilizar el proceso. Lo que el documento contempla abiertamente es el panorama político, una vez enterrado el dictador. A lo que el propio comandante, que no es ajeno al tufo de la decrepitud que avanza, responde con un contraplan, pero, siguiendo la misma premisa que su archienemigo: que le quedan tres caídas más antes de sucumbir a su propia mortalidad o naufragar en una variante de la demencia senil.

Las exequias. La Casa Blanca puede elaborar todos los informes que quiera con distintos escenarios posibles y en los aburridísimos plenos Raúl Castro puede jurar que el único digno heredero de su hermano es el Partido Comunista. Por mucha ovación y cierre de filas de la nomenclatura, lo único que queda claro en este culebrón es que Castro se nos muere en cualquier momento y todos (los de aquí y los de allá) ya han empezado a organizar las exequias. Algo impensable hace años en Cuba, donde su persona llegó a alcanzar dimensión de deidad, exenta de los rigores del tiempo y la caducidad. Sin embargo, dentro del almidonado uniforme verde oliva habitan el cuerpo y la mente de un frágil octogenario. Sería una irresponsabilidad dejar para mañana los preparativos de las honras fúnebres.

Con el permiso de Castro, Alarcón, Raúl y los altos gerifaltes del sistema tienen el deber de comunicarle al pueblo que, en vista de que el Gran Timonel cada vez está más cerca del sueño eterno, lo que sí es imperecedero es el Partido. La idea es que la vieja guardia le pase el mando a los cachorros (los Lage, los Pérez Roque, los López Miera) para que la gran "piñata" castrista se perpetúe in sécula seculórum. De ahí el cuento del lobo que viene a quitarnos la medicina gratuita, las casas y la dichosa dignidad. Esa es la coartada de consumo interior que Alí Babá y los cuarenta ladrones le imponen a una sociedad amordazada y en tinieblas.

Por primera vez la Casa Blanca y el Gobierno cubano están de acuerdo en algo y, a mi juicio, es una excelente noticia: hay que sacar los ternos negros del armario. Porque ese no será más que el principio del final. Poco antes de morir, el dictador español Francisco Franco (quien había reforzado a toda su cúpula) le dijo a su gente: "Lo dejo todo atado y bien atado". Sus palabras se las llevó el viento de la democracia. Hace mal Alarcón en cambiar el título de su amigo Gabo. Es la crónica de una muerta anunciada. Debería dedicarse a escribir obituarios.

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