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El desafío de las exportaciones

Desafío a Costa Rica a desplegar sus alas pues estoy convencido de cuán alto puede volar

Óscar Arias Sánchez
Presidente de la República

Uno de los efectos positivos del debate sobre la ratificación del TLC con Estados Unidos y Centroamérica ha sido el obligarnos como país a reflexionar sobre la orientación fundamental de la economía costarricense. El TLC no encierra por sí solo la clave de nuestro desarrollo, pero sí ofrece una ocasión inmejorable para que ponderemos, seriamente y sin prejuicios, las opciones que la globalización ha puesto en nuestras manos. La rigurosidad y el respeto con que conduzcamos esta discusión son acaso mucho más importantes para nuestro desarrollo futuro que el mismo TLC. Debatamos, entonces, sobre el rumbo futuro de nuestra economía.

Costa Rica es un país de cuatro millones y medio de habitantes, uno de los más pequeños del mundo. Es un país con una carga migratoria considerable y con una población en plena transición demográfica, lo que genera una enorme presión sobre el mercado laboral. Durante los próximos cinco años, el país debe crear 300.000 puestos de trabajo si tan solo desea reducir levemente su tasa de desempleo y evitar que las nuevas generaciones se vean obligadas a emigrar a otros países. Costa Rica ofrece a nuestros productores un mercado interno diminuto, incapaz de generar por sí mismo el dinamismo que requiere para salir del subdesarrollo. Si nos importa el crecimiento económico y la creación de trabajo decente en Costa Rica, no tenemos otra opción que profundizar nuestra vinculación con la economía mundial.

Éxito nacional. Hace veinte años que nuestro país entendió esto y creo que ya va siendo tiempo de que abandonemos la ambivalencia en este sentido. La diversificación de nuestra producción exportable y de nuestros mercados comerciales ha sido uno de los más grandes éxitos de la política pública costarricense de las últimas dos décadas. Es este un éxito que a diferencia de casi toda América Latina, nos ha protegido contra agudas contracciones económicas de origen externo. Por 20 años el incremento de nuestras exportaciones y la atracción de inversión extranjera han sido una parte fundamental de nuestro modelo de desarrollo. Eso no debe cambiar.

Tal vez en esto, como en otras cosas, lo que nos falta es levantar la mirada. Si lo hiciéramos, nos encontraríamos, por ejemplo, con la experiencia de Chile, que hoy tiene acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, la Unión Europea, México, Canadá, Corea del Sur, Centroamérica, Nueva Zelanda, Singapur, Brunei y China. Es cierto que nunca hay respuestas fáciles en materia de políticas de desarrollo, pero no tengo duda de que esa orientación de la economía, hoy aceptada casi unánimemente por los chilenos como algo positivo, ha sido un factor fundamental para que Chile haya disminuido su tasa de pobreza en 20 puntos en la última década y media, según cifras de la Cepal.

Una política comercial exitosa es mucho más que la firma de acuerdos de libre comercio, por importantes que estos sean. Supone también una agenda nacional dirigida a aumentar la competitividad de la economía. Por ello, desde el primer día, la administración actual ha asumido esta tarea como una prioridad absoluta. Hemos ya empezado a atender nuestra colapsada infraestructura, una de las barreras más serias para nuestro desarrollo. Hemos puesto en marcha el programa de transferencias condicionadas que permitirá que las familias más necesitadas mantengan a sus hijos en el colegio.

Un país justo y seguro. Ello por un imperativo ético, pero también porque los niveles de escolaridad son la piedra angular de la productividad de cualquier país. También hemos iniciado un tenaz esfuerzo para enfrentar la inseguridad ciudadana, que socava las bases de nuestra convivencia y nuestra competitividad. Para ello estamos fortaleciendo nuestros apara- tos policiales y hemos ya iniciado un ambicioso plan de erradicación de tugurios, que será, también, un plan de erradicación de violencia y drogadicción. Estamos comprometidos, en suma, a la creación de un país justo y seguro, que es, sin duda, el que ofrece el mejor clima para hacer negocios.

Esta administración le ofrece al sector productivo nacional el compromiso de ampliar sus mercados, hacer más competitiva nuestra economía y potenciar sus oportunidades. Pero grandes oportunidades implican también grandes deberes.

Por ello, en el reciente Congreso Nacional de Industriales, lancé al sector productivo un reto. Mencioné que en mi gobierno anterior, cuando no existía en Costa Rica acuerdo comercial alguno, las exportaciones habían crecido un 12,5% anual, en promedio. Hoy día, con varios acuerdos de libre comercio ya vigentes, con el TLC con EE. UU. en el cauce legislativo, con una negociación en puertas con la Unión Europea, y con un mercado mundial abierto y dispuesto, debemos hacer mucho más. Debemos aspirar a que las exportaciones dupliquen su tasa de crecimiento de hace 20 años, esto es, que crezcan un 25% anual en los próximos cuatro años de mi administración. Eso le permitiría a Costa Rica casi triplicar sus exportaciones de aquí al 2010 y alcanzar la cifra de 18.000 millones de dólares anuales.

No es una meta descabellada, sino un reto viable, que entre todos podemos hacer realidad. Desafío a Costa Rica a crecer en exportaciones como la desafío a crecer en todas las demás áreas en que todavía se encuentra sujeta por el miedo. Desafío a Costa Rica a desplegar sus alas porque estoy convencido de cuán alto puede volar.

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