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Un mundo roto

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. -E. Sábato

Fernando Araya


Esta es mi hipótesis: el fracaso de las ideologías y, por supuesto, de los ideólogos, es mayor cuanto mayor sea la insuficiencia ética cognitiva de sus operadores. Enunciada de otra manera, existe una deformación moral y de conocimiento en la condición humana que origina una monstruosa combinación: se formulan bellas ideas, pero se crean y protegen realidades indignas y decadentes, con lo cual la sociedad adquiere el rostro de una irracionalidad ética fundamental. Es así como se edifican mundos esquizofrénicos, rotos, donde las palabras y las gesticulaciones adormecen la conciencia, prisionera en la más honda y perniciosa de las esclavitudes: la mentira.

Lo anterior ocurre en cualquiera de las perspectivas ideológicas conocidas; todas las utopías y las antiutopías han colapsado siendo cómplices y víctimas del mismo hecho: la atrofia ética cognitiva del ser humano sobre cuya base surgen las múltiples formas y los diversos contenidos del mal. Continuar encubriendo, con bellas palabras, semejante circunstancia, evidencia el grado superlativo de irracionalidad al que se ha llegado. No afirmo que las distintas visiones sobre la sociedad sean equivalentes entre sí: existen unas mejores que otras, pero sostengo que en todos los casos la realización práctica de las ideas se desfigura debido a deformaciones éticas y de conocimiento. Baste mencionar tres ejemplos que ilustran lo anterior.

Dueños de la riqueza. Me refiero, en primer término, al denominado socialismo real donde se construyó un discurso según el que proletarios, campesinos e intelectuales, eran los dueños de la riqueza social al haberse sustituido la propiedad privada con la propiedad estatal. Este argumento pretendió ocultar el hecho de que los poderes públicos operaron en función de crear y proteger rentabilidades privadas; no otra cosa aconteció en el Estado de bienestar del capitalismo democrático que, al creciente ritmo de sus intervenciones directas e indirectas en los sistemas productivos, protegió a determinados sectores económicos y sociales en detrimento de otros. Finalmente, el ascenso social de la tesis economicista, según la cual los excesos del Estado de bienestar y del Estado centralista, se corrigen combinando el mecanismo de mercado con el estado mínimo en un contexto de capitalismo democrático liberal; disfrazó, otra vez, la satisfacción de privilegios y rentabilidades individuales bajo protección pública. Así las cosas, en los tres casos referidos, se produjo la misma distorsión: se privatizaron privilegios y rentabilidades bajo el amparo del Estado, desequilibrando niveles irreconocibles las relaciones entre el bien común y los bienes individuales, y anulando la sensibilidad para percibir la diferencia entre lo que es digno y lo que no.

¿Qué hacer? La respuesta no es fácil, pero al menos parecen claras tres premisas de las que conviene partir: primera, un cambio positivo en términos de ética y saberes es posible, pero exige modificar los esquemas mentales y de conducta a través de los cuales se disfrazan insuficiencias morales y de conocimiento, segundo, la educación de la vida interior de las personas -su mundo de emociones, principios, valores, sensibilidades, etc.- es tan importante como la formación de sus mentes, de modo que el fortalecimiento de los vínculos primarios -en la familia, la educación, el trabajo, etc.- es decisivo en términos de construcción social y, tercero, reconocer la atrofia ética cognitiva inherente a nuestra condición existencial no equivale a sostener su inmutabilidad; todo lo contrario, aceptar la propia flaqueza es empezar a superarla, así lo evidencian cientos de miles de vidas ejemplares a lo largo de la historia. Valga, en este sentido, recordar la reflexión de Ernesto Sábato: "En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche." (Antes del fin, pág. 187).

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